Adrián Zamora Columnista

Ormuz, Malaca y Taiwán; los estrechos donde el nuevo orden aprieta sus costuras

Adrián Zamora

Esta semana, dos análisis publicados en Foreign Affairs pusieron sobre la mesa una pregunta que ya no pertenece solo a los estrategas de Asia; porque si Irán pudo alterar el Estrecho de Ormuz con drones, minas y misiles costeros baratos, ¿qué podría hacer China en el Estrecho de Taiwán? La respuesta importa porque el mar está dejando de ser un simple corredor comercial para convertirse en un punto de máxima presión en el nuevo orden mundial.

Esta metamorfosis obedece a un cambio tanto tecnológico como estratégico.

Hubo un tiempo en que el dominio de las rutas marítimas exigía el despliegue de flotas enteras; hoy, por el contrario, los sistemas asimétricos de bajo coste permiten vetar el paso a potencias muy superiores sin necesidad de equipararse a ellas en arsenal.

Lo acontecido en Ormuz demuestra, incluso, que solo basta la simple amenaza de bloqueo para disparar las primas de los seguros marítimos, alterar el precio del crudo y sembrar el nerviosismo en las bolsas financieras.

El problema es que Asia alberga cuellos de botella más críticos que el de Ormuz, pues por el Estrecho de Malaca transita cerca del 40% del comercio mundial y el grueso de las importaciones energéticas de China.

Entretanto, el Estrecho de Taiwán no solo soporta la quinta parte del tráfico marítimo global, sino que conecta al mundo con el 92% de los semiconductores que se fabrican en la isla.

Por eso, estimaciones de Bloomberg sugieren que un bloqueo en estas aguas evaporaría más del 5% del PIB mundial.

Y ya no hablamos de petróleo, sino de la soberanía sobre inteligencia artificial, defensa, alta manufactura y cadenas tecnológicas globales.

Esta fragilidad coincide con un cambio estructural de envergadura: el surgimiento de una relación G-2 entre Estados Unidos y China.

No una réplica exacta de la Guerra Fría, sino a una suerte de cohabitación armada entre dos superpotencias incapaces de someterse o de prescindir la una de la otra.

Porque si bien Washington preserva su hegemonía militar a escala planetaria, Pekín ha tejido una red de capacidades antiaéreas, navales y de misiles lo bastante sólida como para enfrentarse al Pacífico occidental.

En los márgenes de esta frágil arquitectura, las potencias medias encaran un dilema.

Indonesia ya ha dado muestras de ello al congelar acuerdos militares que hubieran podido interpretarse como un alineamiento inequívoco en la contienda regional.

Todos quieren libertad de navegación, pero pocos quieren quedar atrapados entre Washington y Beijing.

América Latina tampoco escapa a esta marea. Países como el nuestro exportan petróleo, carbón, café y oro por mar y, aunque El Indo-Pacífico parezca distante en el mapa, cualquier fricción en sus aguas terminará encareciendo el transporte, alterando los mercados energéticos y lastrando el acceso tecnológico de nuestras economías.

La cuestión ahora es qué ocurrirá cuando las rutas que sostienen el comercio internacional se conviertan plenamente en instrumentos de presión geopolítica.

¿Puede el mundo mantener estabilidad económica cuando sus nodos más críticos están bajo disputa estratégica?, ¿qué margen real tienen los países que dependen de cadenas globales, pero no quieren elegir bando?, ¿y cuánto tiempo puede sostenerse un mundo bipolar mientras las potencias se preparan para escenarios de confrontación?

Hay una frase de Zheng Wang que resume el momento actual: el mundo G-2 debe asumirse no porque sea deseable, sino porque ya está aquí.

No vivimos en la globalización liberal que prometía que el comercio traería paz, ni tampoco en una nueva Guerra Fría de bloques aislados.

Habitamos algo más frágil: dos superpotencias que compiten mientras dependen mutuamente de las mismas cadenas de suministro que no pueden romper sin dañarse a sí mismas.

Para Colombia y América Latina, esa discusión no debería ser lejana, pues los precios del petróleo, los costos de los chips, los fletes marítimos llegan a Bogotá, a Cali, a Buenos Aires, a Ciudad de México.

Es así como en esta historia no hay espectadores; solo actores que todavía intentan entender qué papel les tocará jugar.

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