Es imposible dejar de centrar nuestra atención en lo que está ocurriendo con nuestro vecino y hermano país. Y sí, no niego que por estos lares también abundan graves y preocupantes acontecimientos que merecen cuidado y el crítico ojo de la opinión pública -¡hasta temblores hemos sentido! -; sin embargo, en lo más profundo de nuestra conciencia sabemos que nuestro destino como nación está indefectiblemente amarrado a lo que ocurra o deje de ocurrir en Venezuela.
No en vano nos hemos convertido en el país receptor de miles y miles de venezolanos que han huido de su país buscando un plato de comida, medicinas y la posibilidad de poder labrarse un futuro mejor.
Y Cali -como ciudad- no ha sido excepción. Vemos a diario patéticos cuadros compuestos por esos pobres inmigrantes -niños incluidos- en la mayoría de cruces viales de la ciudad.
Llama la atención que ya no se ven allí caleños… ¿será que nuestros semáforos fueron, en gracia de la libre empresa, concedidos en franquicia a los necesitados inmigrantes? ¿Se referirán a esto cuando sostienen algunos que a la mayoría de inmigrantes han “sido absorbidos por el sistema”? En fin, sea cual sea la cínica realidad, lo mejor que puede ocurrir es que la nación hermana pueda sacudirse de la dictadura que la mal gobierna y vuelva a tener futuro.
No porque deseemos que los inmigrantes se vayan, no. ¡Han sido recibidos con los brazos abiertos! Este sincero anhelo se basa en el derecho, pero sobre todo en el deber que tendrán ellos de regresar a su país y emprender una colosal tarea de reconstrucción. ¡Ese será el reto!
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