Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Usted fue mi profesor

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

En los dos años anteriores celebramos el Día del Maestro en tiempos del apogeo de la pandemia.

El covid-19 estaba en sus picos más altos y ensayábamos clases virtuales, es decir, cuando a los maestros nos tocó trabajar enredados. Pero, por favor no vayan a imitar a los tergiversadores de las palabras, no quiero decir que los maestros nos confundíamos con los temas de enseñanza y que los estudiantes no los comprendían. Eso jamás.

Dije “enredados” porque tocó explicar los temas de las clases de manera virtual, valiéndonos del meet, del zoom y demás plataformas de las redes sociales. Quedamos enredados. En las dos celebraciones pasadas, tanto los maestros como nuestros estudiantes, añoramos el calor humano de los saludos con apretón de mano y las clases a viva voz. A los padres, al otro lado de las pantallas, les tocó estrenarse en docencia.

Acudí a esta memoria, para referirles a mis lectores qué siente un docente después de media vida dedicado a la enseñanza y le llega el momento de engrosar el grupo de los maestros jubilados. Esto nos ocurrió a Oscar Amelines, Manuel Becerra y a mí: ejercimos en Santa Librada durante varias décadas, hasta que escogimos el momento de declinar.

Nos motivamos a hacerlo después de dos años de prepararnos para ese trance y cambiar un modo de vida que disfrutábamos, que nos daba razón a nuestras existencias. No negamos que nos asustaba llegar a replicar la historia de Fernando Robles, el profesor jubilado en la película “Lugares comunes” (2002) de Adolfo Aristarain; quien no estaba preparado para asumir su nueva etapa existencial. La vida de Fernando es sacudida y él opta, infructuosamente, por buscar una chagra para ensayarse una terapia con las labores agrícolas.

Perdón, hago un breve paréntesis: mi amigo Milton Cruz, de manera exitosa, sí logró tal utopía desde hace diez años en su “Chagrita del profe”, en el Queremal. Continúo. Decía que Oscar, Manolo y yo, buscamos después de la pandemia el momento para dar el difícil paso.

Claro que el trago más amargo fue sentirnos impotentes al ver cómo la republicana y digna institución, escenario de la cátedra, la ciencia, el arte, el deporte, la democracia y la libertad, amenaza derrumbarse y reducirse a ruinas, después de casi doscientos años de gloria. También nos acongoja que, a la pléyade de los nuevos maestros, los regidos por el decreto 1278, le espera tiempos difíciles en el ejercicio de su profesión.

Sus luchas se fusionaron en la misma organización gremial y a unísono nos guiaron idénticas consignas laborales y sociales. Sin discriminación alguna, queremos confesar, que, por haber defendido el Estatuto Docentes, decreto 2277 de 1979, tenemos la fortuna de poder retirarnos dignamente y, ahora, en uso de buen retiro, hallamos que el campo, la naturaleza, las flores, las mariposas, las mirlas y nuestras mascotas, suplen la alegría que cotidianamente nos daban nuestros estudiantes. Ahora, con calma, podremos releer los libros que tal vez la prisa de los días laborales impedía que los disfrutásemos a plenitud.

Ahora podremos escuchar las canciones y las melodías, cuyas letras y composiciones, nos parecerán más bellas. Pasamos a engrosar el grupo de los jubilados, pero la marca de docentes, quedó impregnada en nuestra sensibilidad, en nuestra razón, en nuestros exalumnos, que son el mayor legado que podemos haberle dejado a la sociedad.

La inigualable recompensa que nos regala esta profesión es que cuando vamos por la calle, de entre las multitudes citadinas, salga y se nos acerque un buen hombre que abrazándonos, nos diga: “Usted fue mi profesor”.

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