Javier Navarro O.

Mucho más que una posesión

Javier Navarro O.

La decisión del presidente electo de trasladar su posesión a Cali, no es únicamente un cambio de escenario. Es, ante todo, una decisión política cargada de simbolismo.

Significa sacar el acto más importante de la democracia colombiana de su sede tradicional para llevarlo al corazón de una región que durante años ha concentrado algunos de los mayores desafíos en materia de orden público.

El mensaje es claro, el nuevo Gobierno quiere iniciar su mandato desde el territorio, enviando una señal de cercanía con las regiones y al mismo tiempo, de recuperación de la autoridad del Estado.

Pero toda decisión política de esta magnitud trae consigo enormes responsabilidades en materia de seguridad.

La historia reciente de Colombia recuerda que las posesiones presidenciales no han estado exentas de amenazas.

El 7 de agosto de 2002, mientras se posesionaba el presidente Álvaro Uribe Vélez, un ataque con morteros dirigido contra el entorno de la Casa de Nariño y el Capitolio dejó víctimas fatales y decenas de heridos.

Aquel hecho demostró que los grupos armados ilegales entienden el enorme valor simbólico y mediático de una ceremonia de investidura presidencial y que un acto de esta naturaleza exige una planeación extraordinaria, basada en inteligencia, anticipación y coordinación interinstitucional.

Veinticuatro años después, el contexto es diferente, pero la lección sigue plenamente vigente.

Cambian los actores, evolucionan las amenazas y se transforman las capacidades del Estado, pero permanece una constante, cuando la Nación concentra en un solo lugar el máximo nivel de representación política, institucional y diplomática, también concentra el máximo nivel de responsabilidad y riesgo en materia de seguridad.

Por primera vez, el Valle del Cauca será el epicentro político de Colombia.

Durante unas horas convergerán jefes de Estado, las altas cortes, el cuerpo diplomático, delegaciones internacionales, los altos mandos militares y de Policía, autoridades civiles y miles de ciudadanos.

Esa sola concentración convierte el evento en un objetivo estratégico para cualquier organización criminal que pretenda afectar la institucionalidad o proyectar un mensaje de desafío al Estado.

Hoy las amenazas son mucho más complejas. El crimen organizado y las redes criminales saben que un incidente ocurrido en un corredor vial, en un municipio cercano o sobre infraestructura crítica puede producir el mismo efecto político y mediático que un ataque contra el evento principal. Por ello, la seguridad debe concebirse con una visión regional.

Este será, sobre todo, un desafío de inteligencia. Ningún dispositivo de seguridad será suficiente si no existe información oportuna, análisis permanente y capacidad de anticipación.

La diferencia entre el éxito y el fracaso no estará en el número de uniformados desplegados, sino en la calidad de la coordinación entre inteligencia, investigación criminal, vigilancia tecnológica, gestión del riesgo y capacidad de reacción.

El Valle del Cauca conoce bien la complejidad de estas amenazas. Precisamente por ello ha desarrollado capacidades institucionales importantes que hoy constituyen una fortaleza.

La articulación entre la Fuerza Pública, la Gobernación, la Alcaldía de Cali, la Fiscalía, los organismos de inteligencia y los cuerpos de socorro será determinante para garantizar el éxito del dispositivo.

Sin embargo, existe otro reto menos visible, pero igualmente importante, proteger la confianza de los ciudadanos.

En la era digital, una campaña de desinformación puede generar más incertidumbre que un incidente real.

La comunicación oficial deberá ser rápida, transparente y coordinada para evitar rumores que afecten la percepción de seguridad.

La seguridad no puede analizarse únicamente desde la óptica del terrorismo, como ocurrió en 2002.

Hoy confluyen amenazas híbridas, crimen organizado, posible instrumentalización de protestas, ataques con drones, ciberataques, desinformación y acciones de alto impacto mediático.

Considero que este momento debe asumirse con serenidad, profesionalismo y visión estratégica.

La verdadera trascendencia de esta posesión no radica únicamente en el lugar donde se realice, sino en la capacidad del Estado para demostrar que puede garantizar la democracia en cualquier territorio de Colombia.

Si Cali supera con éxito este desafío, no solo habrá albergado un acto histórico, habrá enviado un mensaje contundente de institucionalidad, coordinación y confianza, demostrando que la seguridad sigue siendo el pilar sobre el cual se sostiene la democracia.

Creo que hay un mensaje de fondo que vale la pena desarrollar, la posesión presidencial en Cali será, en esencia, el primer mensaje del nuevo Gobierno, la seguridad como prioridad, las regiones como punto de partida y el territorio como el espacio donde el Estado debe recuperar su presencia, su autoridad y la confianza de los ciudadanos.

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