Doce extensos meses tenemos que aguardar cada año para tener frente a nosotros un pastelito con una vela encendida. Trescientos sesenta y cinco largos días para escuchar cantar a quienes nos aprecian el “Happy Birthday”. Cuatro mil trescientos ochenta horas para cerrar nuestros ojos, construir un deseo en nuestras mentes y apagar con el hálito de nuestros pulmones el divino fuego.
Sí, definitivamente es una tradición mística; casi que religiosa. Un rito que nació en la antigua Grecia cuando los mortales encendían y apagaban ofrendas a la diosa Artemisa –la deidad de la Luna- para solicitarle la consumación de sus secretas esperanzas. Todos desde aquel entonces abrimos nuestros ojos después de haber soplado las velas para contemplar cómo el humo producido por la llama extinta se convierte en un mensajero inmaterial que lleva consigo nuestros íntimos anhelos a la gran deidad.
Para algunos puede ser un acto profano, para otros algo mágico; pero para la mayoría es un atributo, una singular peculiaridad de la cultura humana impresa en lo más profundo del inconsciente colectivo de toda nuestra especie.
Por eso no es extraña la reacción violenta de una niña de tan solo tres años al ver como su hermanita mayor le roba su único momento. ¿Quién de nosotros no reaccionaría furiosamente si nos quitan de la manera más alevosa la mágica oportunidad de poder hacer realidad nuestros sueños?
Estoy seguro de que la diablilla usurpadora no deseaba hacer daño a su hermanita, tan solo quería pedir también un deseo sin esperar el tiempo que a ella le correspondía. Como ven, no se trata tan solo de una simple velita.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar







