Pese a que Cali sigue siendo considerada una ciudad alegre, salsera, no deja de preocuparnos a los caleños su pauperización, su desorden territorial y la continua llegada de gente que posa como desplazada para radicarse en estos lares de cualquier manera. Al alcalde Armitage le tocó recibir una herencia de alcaldes populistas que fueron irresponsables con la capital vallecaucana, al permitir, por razones electorales y de “imagen”, se rezagara ante ciudades como Bogotá o Medellín.
Terrible fue ese alcalde que borró el proyecto del tren ligero a cambio del MÍO, atendiendo instrucciones presidenciales, cuando perfectamente los dos proyectos hubiesen sido maravillosos.
Hoy, el transporte urbano es un sufrimiento para los ciudadanos. No hubo pronunciamiento alguno sobre las oleadas de gente que llegaba para invadir terrenos anormales, como el jarillón del río Cauca y la Fortuna, sin importarles no contar con agua, alcantarillado ni energía, servicios imposibles de instalar en las actuales circunstancias de Emcali, que ya todos conocen.
Ni a mediano ni a corto plazo es posible solucionar ese problema, por sus elevadísimos costos. No somos Medellín, lamentablemente.
El arquitecto Víctor Raúl Martínez, exsecretario de control físico en la época del palustre de Germán Villegas, expresidente de la Asociación de Ingenieros y Arquitectos del Valle y actual director de Corpocerros, ha venido luchando para que los cerros de Cali no sigan invadidos, precisamente por las dificultades que ello representa. Quiso, años atrás, instalar teleférico, como idea turística, para subir a las Tres Cruces, pero algunos concejales le “cobraron” para aprobárselo.
Sin sentido de pertenencia, es muy verraco salir adelante. Cali necesita más amor.
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