Víctor Manuel García

Cepeda se encerró, De la Espriella conectó: así se decidió la elección

Víctor Manuel García

La elección presidencial dejó una conclusión difícil de ignorar: Iván Cepeda perdió una contienda que, en teoría, tenía condiciones para disputar con mayor holgura.

No fue un derrumbe, pero sí una derrota explicable desde errores estratégicos acumulados, decisiones tardías y una lectura equivocada del momento político.

En contraste, Abelardo de la Espriella capitalizó emociones primarias, símbolos simples y un mensaje directo que conectó con un electorado cansado, temeroso y dispuesto a votar más por rechazo que por adhesión.

El primer error de Cepeda fue cerrarse a la posibilidad de tender puentes hacia el centro, un espacio que históricamente define elecciones en Colombia.

Su campaña se movió dentro de un perímetro ideológico rígido, confiando en que la movilización progresista sería suficiente.

No lo fue. El país pedía señales de amplitud, moderación y diálogo, pero el comando de campaña optó por blindarse en un círculo cercano impenetrable, más preocupado por preservar coherencias internas que por construir mayorías.

Ese aislamiento estratégico terminó costando votos decisivos.

A esto se sumó un segundo error: la demora en reaccionar tras la primera vuelta. Mientras De la Espriella salió de inmediato a marcar agenda, Cepeda perdió más de una semana sin una estrategia clara, sin narrativa renovada y sin un mensaje contundente para disputar el 21 de junio.

En política, el tiempo no solo vale oro: define percepciones. Y en esa pausa inexplicable, la campaña adversaria ocupó el espacio emocional y simbólico que Cepeda dejó vacío.

La elección de Aída Quilcué como fórmula vicepresidencial tampoco produjo el efecto esperado. Aunque representaba una apuesta por la diversidad y la reivindicación histórica, su impacto electoral fue menor del proyectado.

No logró ampliar la base, no conectó con sectores indecisos y, en algunos casos, reforzó temores que la campaña nunca supo desactivar. No fue un error en sí misma, pero sí una decisión que sumó menos de lo que el progresismo imaginó.
El exceso de confianza terminó de cerrar el círculo.

La campaña actuó como si la segunda vuelta fuera una prolongación natural de la primera, sin entender que el país estaba votando más contra algo que a favor de alguien.

Ese triunfalismo silencioso, alimentado por un entorno que no permitía contradicciones, impidió corregir el rumbo a tiempo.

El resultado fue una candidatura que llegó tarde a la disputa emocional y simbólica.Del otro lado, Abelardo de la Espriella construyó una campaña publicitariamente impecable.

Conectó con emociones primarias, apeló a símbolos patrios, convirtió la seguridad en su fortín y explotó el voto rechazo hacia la gestión de Gustavo Petro.

Su narrativa era simple, directa y emocionalmente eficaz. No necesitaba profundidad: necesitaba resonancia. Y la consiguió.

Sin embargo, la última semana mostró los límites de esa estrategia. Someter al candidato a entrevistas de profundidad evidenció su poca experiencia en asuntos de Estado, un flanco que Cepeda aprovechó para recortar terreno.

La presencia de José Manuel Restrepo como fórmula buscó compensar esa debilidad, pero terminó resaltándola aún más: la diferencia entre ambos en manejo técnico era demasiado evidente.

Aun así, la campaña de De la Espriella ya había logrado instalar un marco emocional difícil de desmontar.

En el balance final, Cepeda perdió por errores propios tanto como por aciertos ajenos. Su campaña no logró expandirse, no reaccionó a tiempo y no leyó con precisión el clima emocional del país.

De la Espriella, en cambio, entendió que esta elección no se ganaba con tecnicismos, sino con símbolos, emociones y un relato de orden frente al miedo a la radicalización.

Hoy, más allá de simpatías o rechazos, el país tiene un nuevo presidente. Y lo responsable es desearle lo mejor. Porque si a él le va bien, a todos los colombianos nos va bien.

El reto ahora no es de campaña, sino de gobierno: unir un país dividido, gobernar con prudencia y demostrar que la victoria no fue solo un estallido emocional, sino el inicio de una etapa de estabilidad y responsabilidad institucional.

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