Adrián Zamora Columnista

El Golfo Pérsico: El espejismo de un oasis

Adrián Zamora

Durante casi cuatro meses, el Estrecho de Hormuz estuvo cerrado, Irán lanzó más de 2.800 ataques con misiles y drones sobre los Emiratos Árabes Unidos, los aeropuertos suspendieron operaciones y los mercados sintieron el golpe.

Aun así, en Dubái todavía era posible pedir ostras importadas en un restaurante de lujo.

La razón es que el oasis sigue en pie, aunque el conflicto acaba de revelar las grietas bajo la arena sobre las que descansa su modelo de prosperidad.

Por décadas, las monarquías del Golfo construyeron un modelo basado en la certeza de la abundancia petrolera y la estabilidad garantizada por Estados Unidos.

Sobre esos pilares levantaron economías de servicios, centros financieros y polos tecnológicos cuyo valor conjunto supera los 2,3 billones de dólares.

Pero eso, el éxito de esa estrategia dependía menos del petróleo que de la confianza de millones de turistas, inversionistas y profesionales que aceptaban instalarse allí porque asumían que la región permanecería al margen de las grandes convulsiones de Oriente Medio.

Y aunque la guerra no destruyó esa infraestructura, sí rompió esa percepción; se descubrió que el oasis también depende de la tranquilidad con la que otros estén dispuestos a apostar por él.

Pero la erosión ha sido desigual. Emiratos Árabes Unidos cuenta con reservas fiscales, capacidad institucional y una economía suficientemente diversificada para absorber parte del golpe.

Bahréin, en cambio, enfrenta una deuda cercana al 146 % de su PIB, menores reservas internacionales y una dependencia mucho mayor de unos ingresos petroleros que hoy resultan insuficientes.

La guerra terminó recordando que diversificar una economía, además de construir hoteles, puertos o centros financieros, también exige condiciones geográficas, fiscales y políticas que no todos los países del Golfo pueden ofrecer, lo que revela que el llamado “modelo Dubái” nunca fue una receta universal y fácil de replicar.

La consecuencia más profunda quizá no sea económica, sino geopolítica. La guerra evidenció que el Consejo de Cooperación del Golfo sigue siendo más una coordinación de intereses que una verdadera comunidad estratégica.

Cuando comenzaron los ataques, cada país protegió su propio espacio aéreo y priorizó sus propias capacidades militares.

Esa reacción confirmó que la confianza tampoco existe entre los propios socios.

A ello se suma un Estados Unidos cada vez menos predecible como garante de seguridad y una China que, aunque amplía su influencia económica, todavía evita asumir los costos políticos de liderar la región.

El resultado es un vacío estratégico que obliga a cada monarquía a redibujar su propio mapa de seguridad y desarrollo.

¿Puede seguir existiendo un único “modelo Golfo” cuando la geografía determina riesgos tan diferentes?, ¿estamos presenciando la aparición de un Golfo de primera velocidad y otro condenado a administrar vulnerabilidades permanentes?, ¿y qué implicaciones tendrá esa bifurcación para el comercio, la energía y la inversión global?

Las guerras suelen medirse por la destrucción que se genera o los territorios conquistados.

Sin embargo, las transformaciones más profundas ocurren cuando dejan de funcionar los modelos sobre los que una región construyó su prosperidad.

Es así como el Golfo está entrando en una etapa de diferenciación estratégica, en la que los países capaces de conjugar solidez fiscal, ubicación estratégica y capacidad institucional encontrarán nuevas rutas para adaptarse.

Las demás monarquías descubrirán que el petróleo ya no basta para comprar estabilidad y que, de seguir creyendo en ese espejismo, caminarán por una cuerda floja sin la red que durante décadas les proporcionó el antiguo orden regional.

El oasis seguirá en pie, pero ya no todos encontrarán agua en él.

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