Un millón de amigos

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Aunque el sábado es el día del amor y la amistad, fecha conjunta que celebran los amigos y los novios, esta vez sólo me referiré a la camaradería. Intencionalmente, titula mi columna con el nombre de una canción de Roberto Carlos. Entremos al tema. Algunos psicólogos conceptúan que un padre de familia no puede ser amigo de sus hijos porque perdería el respeto de ellos. Les controvierto su consejería porque la amistad no riñe con el respeto, ni con la paternidad. Hay canciones que también yerran cuando refieren el asunto de la amistad. Hablar de amistad conlleva aparejarla con la bilateralidad. Pero, Roberto Carlos, por ejemplo, quiere tener un millón de amigos. Me parece muy optimista el canta autor brasilero por pretender batir un récord imposible de alcanzar, porque no creo que se vaya a aprender un millón de nombres de memoria, ni tampoco pueda escuchar sus confidencias a uno por uno. La amistad tiene que ser recíproca, bilateral y correspondida. Él podrá contar con millones de admiradores, que no es lo mismo porque si todos los fans conocen la vida de sus artistas, esto no ocurre en sentido contrario. Soy uno de sus fans anónimos, pero sería ingenuo de mi parte pensar que me incluye en su lista de amigos, aunque yo conserve todos sus álbumes en acetato y una caratula con dedicatoria y rúbrica que logré antes de un concierto. Sí le creo cuando le canta a un amigo en especial: “Tu eres mi hermano del alma/ realmente un amigo/ Que en todo camino y jornada/ está siempre conmigo/ Aunque eres un hombre/ aun tienes alma de niño. / Aquel que me da su amistad, su respeto y cariño”. Ese sí es realmente su amigo porque juntos pasaron muy duros momentos y su corazón fue una casa de puertas abiertas. Por ahí en algún lugar de una estación radial suena otra canción, de cuyo nombre no quiero acordarme, que confunde la amistad con el ejercicio de la sexualidad sin compromiso y, que sentencia: “al otro día cada cual para su casa”. No hay derecho. La distorsión de la amistad no es exclusiva de los compositores, no podían faltar algunos políticos. Ellos también profanan esta palabra cada vez que la usan al comenzar sus discursos y osadamente dicen: “¡Amigos copartidarios!”. La Real Academia de la Lengua Española, al definir la amistad, debería prohibir su uso, sobre todo en discursos políticos, porque en el proselitismo sólo cabe su antónimo. Mi abuela decía que con amigos así, para qué enemigos. El ser humano se dará cuenta si profesaba con alguien una verdadera amistad, sólo cuando la persona falte. Alberto Cortez lo explicó claramente: “Cuando un amigo se va/ queda un espacio vacío/ que no se puede llenar con la llegada de otro amigo”. Alberto se refería al amigo que se marchaba hacia la eternidad, hago esta aclaración porque la amistad lleva implícita su continuidad. Si la amistad es auténtica, un problema apenas la interrumpe, pero si la acaba de por vida, diremos que faltó la lealtad y el perdón, sus dos fundamentos esenciales. Ahí está, como ejemplo, el caso de dos amigos políticos, como presidente el uno y, expresidente el otro, cuya posterior enemistad entorpeció el proceso reconciliatorio hacia la paz de nuestro país. Entre escritores encontramos ejemplos de auténticas y de frágiles amistades, Gabriel García Márquez le perdonó a su amigo Plinio Apuleyo Mendoza que suplantara su firma en una declaración pública de intelectuales contra Cuba. En cambio, la amistad entre Vargas Llosa y Gabo quedó rota con un puñetazo.

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