A ninguno de los bachilleres de otrora nos tocó asistir a la ceremonia de graduación vestidos de togas y birretes. Lo hicimos vistiendo saco y corbata, traje elegante, alquilado o adquirido a crédito, que también nos serviría para el día de la boda.
Tratándose de graduandas, las señoritas hallaban su primera oportunidad de probarse los escotados e impudorosos ajuares de princesas.
La primera noción de una ceremonia de graduandos con toga y birrete, la vimos en las películas sobre la educación tradicional heredera de costumbres medioevales.
El birrete se derivó de la biretta, el gorro cuadrado y con una borla que soltaban hacia adelante al momento de otorgar los títulos de Maestría.
Hace medio siglo, el punto especial de la ceremonia, llegaba cuando con la Oración de Estudios, el Rector resaltaba los esfuerzos de los padres de familia, la compensación de los muchachos, las calidades académicas del colegio y, sobre todo, luego de analizar la realidad social del momento, los alentaba augurándoles éxitos en las universidades.
En estos días de grados, finalizadas las ceremonias, vemos por las calles corretear a los bachilleres alzándose las togas, disputándose un taxi de regreso a casa para liberarse del incómodo atuendo.
Paradójicamente, hoy que las togas y los birretes deberían ser íconos de academia y solemnidad, las graduaciones pierden su esencia, que ni los rectores pronuncian la Oración de Estudios, ni la encargan a alguien importante.
El estudiante que lee su discurso de despedida, para hacer reír a sus condiscípulos, sólo recuerda anécdotas de sus pilatunas.
Estas ceremonias me recuerdan a Robin Williams en la película Patch Adams (1998).
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar






