Sueños rodantes

Rodrigo F. Chois

“Jefe, venga le muestro el juguetico que me compré”. Salí al garaje con mi colaborador y me enseñó una estupenda motocicleta. Recordé que no había manejado una desde los ochenta, cuando la moda entre las adolescentes eran las motos automáticas y de pequeño cilindraje. “No sé manejar moto de cambios”, le confieso mientras acepto su invitación a treparme en su adquisición. “Fácil, jefe. ¡Haga el curso y saca el pase!”, rió él en forma compinche.

Me vi entonces rodando en un bello atardecer, sintiendo el viento en el rostro y con los brazos de ella apretándome el pecho… “¡¿Por qué no?!” Concluí. Hay cosas que debemos hacer mientras tengamos aún testosterona.

Con el objetivo de “sacar el pase”, como recomendó mi cómplice, visité una reconocida academia. Pero cuando la asesora comenzó a explicarme todas las circunstancias y peripecias que debía hacer como las casi treinta horas de teoría más quince de práctica, cancelar todas las multas que cargaba acuestas, exámenes médicos, aprobar una evaluación final y someterme a estrictos controles biométricos, decido claudicar a mi fantasía. Ella notando mi desazón, sonríe y me advierte con malevolencia que mi pase por ser de los antiguos vence en enero. Mejor dicho, sí o sí debía someterme a su itinerario.

Mi vieja licencia lleva conmigo más de treinta años, está casi que cristalizada y la manera como la saqué en mi adolescencia da para una película. En resumen, queridos lectores; hoy estoy haciendo el curso y la verdad es que la historia de todas mis multas y accidentes podría ser muy distinta si hubiese hecho a mis 16 lo que hoy se debe.

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