Cuando había cursado más de la mitad de la carrera de economía me tropecé con la econometría. Recuerdo que, en la primera clase, a medida que garabateaba en mi cuaderno los símbolos y grafías que trazaba el profesor en el tablero, me sentí mareado y como si estuviese en clase de mandarín.
Y es que no es para menos ya que esta rama de la economía posee la virtud de fusionar matemáticas avanzadas, probabilidad, inferencia estadística y álgebra lineal en un mismo cáliz.
Me sentí abrumado, pero al final, con un poco de esfuerzo pude comprender el intimidante andamiaje que, dicho sea de paso, se expone académicamente en un escenario simple de dos dimensiones.
Finalmente, y para sacarme el clavo de la abrumadora sensación, me convertiría en profesor asistente de dicha materia… Pero de eso ya bastante.
Son recuerdos que me asaltan a propósito del Nobel de Economía otorgado este año a William D. Nordhaus, un profesor americano de quien ya conocía sus investigaciones sobre la relación que existe entre los ciclos económicos y los electorales.
El Banco de Suecia le concedió el preciado galardón al profesor por integrar el problema del cambio climático en el análisis económico.
En un simple modelo de dos dimensiones es fácil concebir como el movimiento de una variable afecta el movimiento de la segunda.
Pero cuando hay infinitas variables, sólo la econometría nos permite concluir, en el caso hipotético de que pudiésemos juntarlas a todas en un mismo modelo, que todo depende de todo. No en vano el proverbio chino: “el aleteo de una mariposa se sentirá al otro lado del mundo”.
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