A propósito del apagón, controvierto a los que dicen que el Internet sea el invento de mayor progreso para la humanidad. Para mí, la imprenta de Gutenberg es el invento que más le aportó. Como en mi recuerdo emocionante de infancia se registra la tarde remota en que mi padre me llevó a conocer la biblioteca departamental, pues debía cumplir con mi primer deber escolar de resolver una investigación bibliográfica, entonces quise explorar cuáles eran los recuerdos de Daniel y Mariana, mis nietos adolescentes. Con alegría pude comprobar que, en su caso, ellos que nacieron con el chip incorporado, su recuerdo más remoto fue de aquella tarde cuando por primera vez me acompañaron a la Librería Nacional y se emocionaron al ver reunidos muchos libros de cuentos en la sección infantil, pues ya no querían salir de allí. En cambio, no guardan en su memoria registro alguno de la vez que sus padres los llevaron a escoger el primer computador. Amigos: pregúntenles a sus esposas si recuerdan cuando escogieron la plancha u otro utensilio doméstico. Un amigo que completa tres divorcios me contó que, en las rupturas, cada esposa le confesó su nostalgia del día que le regaló un libro como primer detalle de noviazgo. Sin la imprenta de Gutenberg no se hubiera dado la posibilidad de una carrera tecnológica que se inició con la edición del primer libro y su etapa actual avanza en la aplicación de Internet con cuentas personales para correos. Sin la imprenta de Gutenberg, ¿qué hubiera pasado con los conocimientos de la humanidad? Sabemos que la tradición oral cambió algunas versiones originales de los primeros mitos y los saberes. Sólo con la imprenta tomó validez el adagio de que “lo escrito, escrito está”. Con la aparición del libro impreso los legados se volvieron fidedignos, quedaron guardados como en cofres en las bibliotecas, legitimados para la posteridad, qué gran razón tiene “En nombre de la rosa” (1980), la genial novela histórica de Umberto Eco. A propósito del apagón de las redes, preguntémonos ¿qué hubiera sucedido si el daño de las plataformas virtuales de días pasados hubiese sido una catástrofe definitiva? Los pdf de los archivos virtuales en un segundo de tiempo quedan vulnerables, de nada vale que estén guardados en las nubes. En el apagón virtual comprendimos lo que vale el saber salvaguardado en los libros, sentimos más amor por las bibliotecas. Pero hay personas que siguen preguntándose sobre el destino de las bibliotecas porque los estudiantes todo se lo consultan al dios Google y ya pueden leer libros en pdf. Jamás insinuaré la extinción del libro impreso en físico, ni haré coro de ningún réquiem contra las bibliotecas. Hoy más que nunca, quiero volverme cómplice de los lectores que a ellas acuden. Para frustración de quienes quieren desahuciar a los libros y, como motivación, para quienes ya sembraron un árbol y concibieron un hijo, anuncio que por siempre seguirán vigentes los editores. Les rindo homenaje, en especial a mi amigo Lizardo Carvajal, ellos esperan que cumplamos con la tercera misión consistente en escribir el libro. A quien le tenga miedo a la muerte, que se cure escribiendo su libro, lo volverá inmortal. A pesar de los siglos, sólo los poetas, los novelistas, los historiadores, los filósofos, los científicos y, demás autores, siguen vivos. En las bibliotecas esperan para platicarnos sus saberes cada vez que abramos un libro. En estos tiempos del ruido, Internet y las redes sociales nos enloquecen, las bibliotecas son los únicos refugios de paz. Los autores jamás morirán. Sabemos pues cuál es el secreto de inmortalidad.
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