Increíble, se abrió la tierra y se tragó una volqueta. La calle pavimentada con una buena capa de cemento, inesperadamente se quebró, su interior se había ahuecado como un túnel minero, debido a la humedad y también por el banqueo en la región aledaña.
Una semana después, el 12 de diciembre, a las 9:45 am, el municipio de Dagua fue epicentro de un sismo de magnitud de 3.7 grados en la escala de Richter. En semanas anteriores hubo varios derrumbes sobre la Vía al Mar. Pero, las noticias sobre el “Municipio de la Piña” siempre no han sido nefastas.
En El Queremal se celebra el Encuentro de Música Andina y Colombiana, festival posicionado a nivel nacional. Si don Jorge Isaacs no hubiese disfrutado de noches sosegadas, seguramente no hubiera narrado la sublime historia de amor entre Efraín y María, aprovechando el descanso en los campamentos improvisados a la altura del municipio de Dagua, tras las duras jornadas de inspección de las cuadrillas que a pico y pala construían la Vía al Mar.
Tres siglos antes los conquistadores españoles, que ambiciosos buscaban el Dorado, habían expresado su admiración por los paisajes en su aventura de abrir camino de herradura hacia el sur. Esto motivó para que nuestros gobiernos republicanos del siglo XIX buscaran una salida al mar, y viceversa, con obras que duraron más de medio siglo por la resistencia de la cordillera a dejarse profanar su virginidad. Desde entonces, viajar por esta vía se convirtió en la encantadora aventura de raizales, colonizadores y turistas.
Quién no recuerda que la primera maravilla que percibió en su infancia fue cuando en compañía de sus padres, al llegar al kilómetro 18, percibía la fresca caricia de la neblina.
Eso explica que las primeras notables familias caleñas, desde inicios del siglo XX, se enamoraran del paisaje y decidieran posesionarse de la apacible meseta donde construyeron El Saladito, ejemplo que fue seguido por trabajadores del ferrocarril y los campesinos pobres que en sus migraciones fueron fundando a Tocotá, Borrero Ayerbe y el Queremal.
Pero ahora, el municipio de Dagua no escapa de las noticias trágicas: desbordamiento de sus ríos, derrumbes sobre la vía y, lo peor, que apocalípticamente la tierra se abra en el Kilómetro 30, corregimiento Borrero Ayerbe.
Mejor retiro mi referencia bíblica. Si la tierra comienza a abrirse abruptamente es porque no resiste más la acción devastadora del hombre.
Los citadinos que llegan a las colinas de Dagua, sin conocer los secretos de la madre tierra y en su afán de trasladar su impronta urbanística, lo primero que hacen es banquear el relieve para construir sus lujosas casas de veraneo.
Sin control alguno muerden las colinas con pesadas maquinaria de cuchilla, que al devorar los terrenos debilitan la superficie de la región.
De manera irresponsable construyen sin muros de contención y, lo peor, sin afirmar los terrenos cuyas capas naturales son reemplazadas con débil relleno de tierra.
Hasta el momento de escribir esta columna no he escuchado que con urgencia la Administración haya emprendido acciones para evitar un desastre mayor, porque el foramen de una profundidad de unos cinco metros sigue abierto.
Dios ha sido muy benévolo para que no descargue otro fuerte aguacero que como presumimos convertiría la calle principal del Kilómetro 30, corregimiento Borrero Ayerbe, en un torrentoso río.
¿Qué ocurriría con ese foramen sobre la parte alta en donde se inicia una calle empinada con gran desnivel que conduce al barrio Corea? Sería catastrófico que, tras represarse, se reventara y ocasionara una avalancha. ¡Que la Alcaldía actúe de emergencia!
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