Al recorrer el departamento por diversas zonas de su territorio, hay un sentimiento generalizado en gran parte de la población de desencanto y preocupación por la realidad actual del Valle del Cauca, un “desenamoramiento” derivado de la percepción que muchos aspectos económicos, sociales, político y de seguridad no van bien en esta zona del país.
Al principio parecía ser solo un problema de percepción ciudadana, la cual podía ser derivada de estrategias de marketing territorial mal enfocadas y ejecutadas, sin embargo, en los resultados del estudio adelantado por el Centro de Pensamiento Libertank, se evidencia un retroceso importante especialmente en materia de seguridad, educación y economía.
El departamento del Valle del Cauca, que por temas metodológicos puede inferirse tiene un desempeño similar al de la ciudad de Cali (ya que estas mediciones suelen incluir sólo a las ciudades principales del país), tiene unos retos y desafíos muy importantes que afrontar en el corto plazo.
La percepción ciudadana de que hace rato el Valle perdió la opción de ser la segunda zona del país en importancia, parece comenzar a transformarse en que ahora no solo dejó de ser la segunda sino que poco a poco ha venido perdiendo protagonismo con Barranquilla y el Atlántico con quien parece comenzar a disputar ese tercer lugar que “ostenta” actualmente.
Y no es para menos.
Es verdaderamente desafiante vivir en un territorio donde la tasa de homicidios es extremadamente alta, pues por ejemplo en ciudades como Cali el último año la cifra de homicidios rondó los 42,3 por cada 100 mil habitantes, en Tuluá el 53,8, Palmira el 41,2, muy por encima del promedio nacional de 22,6 y muy superior de Bogotá de 12,8 y de Medellín 15 por cada 100 mil habitantes.
En materia de educación, que en gran medida es la base del problema, en Cali por ejemplo, la tasa de cobertura para la educación media (personas que pueden llegar a los grados 10 y 11), para 2022 fue de tan solo el 73,1%, es decir por lo menos uno de cada cuatro estudiantes no está terminando el bachillerato, lo que contribuye a potenciar las barreras de una buena inserción de los jóvenes al mercado laboral, pues esto influye directamente en la tasa de informalidad económica, ya que entre menor escolaridad mayor es la dificultad de ingresar a un empleo formal.
Hoy Cali presenta una tasa de informalidad del 47,4%, muy superior al promedio nacional (42,3%), lo que se convierte en un importante desafío para la estabilidad micro y macro económica del departamento.
Ahora, en materia de infraestructura las dificultades saltan a la “vista”, pues en el caso de la malla vial urbana en general de las principales ciudades del departamento, tienen unas deficiencias no solo en materia de mantenimiento sino en actualización, pues no se cuentan con vías acordes con el crecimiento de las ciudades y ni que decir de las vías rurales del departamento que en un gran porcentaje se encuentran en un grado de deterioro vergonzoso que afecta directamente no solo la calidad de vida de los campesinos, sino la competitividad del territorio en general.
Los vallecaucanos deben ser conscientes de estos importantes desafíos, no para fomentar el pesimismo, sino para afrontarlos con decisión desde los diversos sectores: empresarial, académico, gremial y por supuesto desde el público y gubernamental.
Esto está sucediendo y el Valle del Cauca no puede seguir sumido en la inacción o en su defecto en la acción invisible y desarticulada, parece que los vallecaucanos están acostumbrándose a vivir en una espiral de caos constante, sumidos en un temor continuo para apostar por acciones diferentes, hay que pasar la página y pensar que tener una nueva oportunidad si es posible y así cambiar realidades que nos permitan decir: algo positivo está pasando en el Valle.
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