Psicología gubernamental

Harold García

Un gobernante soberbio tiene dos problemas, el primero es cuando comete un error y persiste en él, aun cuando profundice su daño y si se encuentra en la sin salida de reconocer el error por razones legales o políticas busca un chivo expiatorio o, como se dice un fusible, y hábilmente genera una cortina de humo para esquivar el efecto en su imagen pública.

El segundo problema son sus áulicos, quienes conocedores de su soberbia, lo llenan de lisonjas y mentiras que le hacen creer que esta gobernando bien, hasta se inventan encuestas amañadas de mejor gobernante del año y lo más triste es que el gobernante se cree que es verdad.

Un gobernante humilde tiene los pies en la tierra, reconoce sus errores, asume las consecuencias y rápidamente busca corregirlos, incluso pide perdón y si es del caso coloca su cargo a disposición de la ciudadanía.

Un gobernante corrupto planea su gestión estatal para beneficio propio, de sus alianzas indebidas y sobre todo de quienes le financiaron la campaña electoral, de hecho, el negocio es sencillo, algo así como yo coloco esta cifra y usted me da contratos por el doble. En muchas ocasiones ya tiene calculado que entidades públicas quiere poner en venta para lograr jugosas prebendas.

Un gobernante transparente ejecuta su gobierno para el pueblo y por el pueblo, es decir el bien común y generalmente, como el expresidente José Mujica de Uruguay, al final de su periodo de gobierno toma su viejo Volkswagen de regreso a su antigua residencia, sin carros blindados, guardaespaldas y mucho menos un batallón de abogados expertos en prescribir acciones judiciales.

Un gobernante corrupto y soberbio versus un gobernante humilde y transparente, de todo en la viña del señor. Dios quiera que la democracia no se convierta en una utopía.

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