No quiero bloquear los smartphone de mis amigos por seguir la corriente a las críticas virales contra un alcalde argentino que repitió frases de la película “El día de la Independencia”. Prefiero aprovechar el momento para señalar las costumbres virtuales que actualmente forman a jóvenes potencialmente cleptómanos de ideas.
Esto no es óbice para invitar a hacer autocríticas a los docentes y a quienes escribimos en medios de comunicación. Quién no recuerda a distinguidos catedráticos que en su ejercicio discursivo pretendían exhibir una erudición innata. A otros, más honrados, que en una hora de disertación citaban a más de veinte autores.
Distinto fue el caso de una brillante escritora que invitada como profesora a una Maestría, expuso su vasto conocimiento literario, mientras un estudiante le grababa sus clases y deshonestamente se las apropiaba para salir del paso en su tesina.
La profesora, acogiendo la invitación de una revista académica, después publicó un ensayo sobre el mismo tema que dominaba. El sujeto plagiador la denunció por el delito contra “su propiedad intelectual” en razón que él en fecha anticipada había presentado su tesina, aprovechando que la edición de la revista académica fue posterior. El juez, que no había tenido la buena suerte de ser su alumno, la condenó. Quise sensibilizarles sobre las injusticias en que un juez puede incurrir al resolver casos de plagio.
En la próxima columna ahondaré sobre el tema. Por ahora, plagiando a mi amigo Fabio Larrahondo, les dejo una pregunta fregona: ¿Cómo se resolverán los futuros casos de cleptomanía intelectual que se escuden en una nueva costumbre?
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