A Colombia la clasificaron entre los países más alegres de la tierra por destacarse en el baile y todo el año celebrar ferias, carnavales y festivales musicales a lo largo y ancho de su geografía. En junio, por ejemplo, durante los tres puentes festivos, los amantes de la música y los turistas extranjeros llenaban las plazas de Ginebra, Neiva e Ibagué, para aplaudir a los grupos vernáculos y los invitados a interpretar los ritmos andinos. Este año, que tocará conformarnos con los conciertos virtuales y las plazas silentes, algo nos hará falta.
Sentiremos que muchas cosas nos harán falta: los preparativos familiares, el placentero viaje paisajístico, el olor a sancocho de gallina al arribar, el calor humano de la plaza, la imponente tarima con artistas entregados al público, la energía estimulante de los aplausos, los estand con artesanías y dulces típicos, nuestras fotografías con sombrero y ruana festiva que como evidencia compartíamos a los amigos, las noches frescas llamándonos a caminar sobre las huellas del bandolero mayor, brindar un aguardiente de caña y ser acogidos por sus amables parroquianos.
Ahora que no presenciamos los festivales en la plaza mayor, podemos hacer una analogía con el mensaje de Las Acacias, cuando narra que se han marchado la alegría y el bullicio porque sus puertas se cerraron para siempre. Un periodista que anualmente cubría en directo el Festival de Música Andina de Ginebra, me confesó que esta vez al pisar la tierra de Benigno Núñez, pensó como el hijo de Pedro Páramo cuando regresó a Comala: haber llegado a un pueblo silente y vacío.
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