En cuestión de lectura, ¿todos perderemos el año? O… exclusivamente los estudiantes, que se rajaron en las Pruebas Saber. Los padres de familia se consideran exentos de toda culpa por el sólo hecho de comprarles los textos y, porque los vigilan, y/o acompañan al afrontar la dura carga de los deberes escolares. En la pandemia es diferente la realidad, se agudizó por la virtualidad que llenó las plataformas con cantidad de ejercicios. Pero al regresar a la educación presencial, es paradójico que nuestra ciudad, sede de importantes ferias internacionales del libro, que cuenta con más de treinta bibliotecas públicas y en donde cada institución educativa tiene la suya, siga afectada por una crisis de lectura crítica. No basta con una ciudad de anaqueles llenos de libros; las competencias lectoras sólo mejorarán de acuerdo a los hábitos que se cultiven en familia, el ejemplo de los maestros en las clases y, por parte de la administración municipal, con el nombramiento de promotores de lectura. No es desconocido que la tecnología y las redes sociales estén relevando los otrora momentos de lectura colectiva, que a manera de esparcimiento complementaban las cenas familiares. En fáctico error incurren los padres de familia cuando consideran que llegó el momento de desmantelar los libros de los espacios del hogar, disque porque ahora todo está en Internet y cualquier consulta se la resuelve el dios Google. Algo parecido hoy ocurre con los jóvenes profesores que se bastan con compartir pantalla a los alumnos para tratar los temas. A ellos que comparten pantalla, quiero a través de mi columna, compartirles este mensaje seductor sobre los libros, “Para los profesores”, de José Luis Garcés González: “Que no te dé vergüenza ni miedo: carga libros. Ponlos en el escritorio. Distribúyelos entre tus alumnos. Que no les tengan pena. Que les lean los títulos. Que sepan quiénes son los autores. Que los huelan. Que les calculen el peso. Que los hojeen. Y también los ojeen. Que lean los índices. Que les miren el número de páginas. Que observen la calidad del papel. Que huelan hoja a hoja: de pronto el olor les trae el recuerdo de un viejo árbol de pino que tuvo que sucumbir para hacer posible la lectura. O el olor de la tinta les recuerde que los libros también tienen sangre. Es sensual el olor del libro nuevo, y apacible el del libro experimentado”. En una de estas tardes en el bulevar me emocioné al ver a una profesora que con su grupo de estudiantes visitaba la Feria Internacional del Libro. No sé si a alguno de los curiosos muchachos al ver tantos títulos y ediciones nuevas, también le ocurriría algo similar a mí cuando después de seis años de estudio y al despedirme de mis condiscípulos, con nostalgia observé que la biblioteca de mi colegio seguía intacta con igual cantidad de libros que me maravillaron al matricularme como estudiante debutante. Esta Feria Internacional “De la Libertad”, donde no hubo un censor que sólo admitiera autores neutros, me hizo comprender más ese poder de los libros, que refería mi profesor cuando analizaba los que transformaron el mundo: El Contrato Social de Rousseau, La Riqueza de las Naciones de Adam Smith, Los Derechos del Hombre de Tomás Paine, El Manifiesto Comunista de Marx y Engels, El Origen de las Especies de Darwin, La Interpretación de los Sueños de Freud, entre otros. El viernes en la feria internacional me hubiese emocionado más, si la admirable profesora, seguramente de lengua castellana, además de sus muchachos, llegase con sus colegas de las demás materias y juiciosos hubieran hecho un inventario para la renovación de su biblioteca escolar.
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