Pedaleando hacia el cielo

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Pedaleando hacia el cielo se despidió otro mártir. En Paso del Aguante, Cristhian Sánchez cayó junto a Jaime Rosas, estudiante de la Universidad del Valle.

Cristhian y Jaime, quedaron registrados en la ya larga lista de otros jóvenes caídos, que también creyeron que su protesta sería respetada en esta patria, que una vez sus maestros la enseñaron como democrática y regida por una Constitución, con el derecho a la vida como el principal entre los fundamentales.

A Cristhian Sánchez no lo acompañó la suerte, como sí le ocurrió a Álvaro Herrera. Mientras él no se fue con su música a otra parte, Cristhian aquí quedó silenciado, con su voz se fue al cielo.

El arma de Cristhian Sánchez era un megáfono. Álvaro Herrera continuará tocando su corno francés. Cristhian con el megáfono se ganaba la vida. Álvaro en la universidad seguirá preparándose para ganarse la vida.

Ambos se parecían porque cada cual quiso aportar con sus instrumentos a las jornadas de protesta. Cristhian llevaba su megáfono para ampliar las voces y coadyuvar a organizar las actividades que en hermandad adelantaban los jóvenes de la resistencia.

Álvaro tuvo un ángel guardián que lo rescató del suplicio y le permitirá seguir llevando su música en cada jornada, porque con su corno derrotó al diablo, como lo hizo Francisco El Hombre con su acordeón en Macondo.

Cristhian tuvo otro destino porque un disparo de fusil atravesó su humanidad. Sus vecinos del barrio Nacional lo extrañarán mucho al ya no poder verlo más bajar hacia el centro de la ciudad, sonriente y dándoles los buenos días, montado en su bicicleta y con su megáfono colgado a la espalda.

Bajaba loco de contento cargando sus pensamientos hacia la ciudad. Las últimas veces bajó pensando en remediar la situación de su país. Si ganaba la lucha le compraría un vestido a su viejita.

Pedaleando hacia el cielo se despidió otro mártir. A Cristhian Sánchez lo abandonó la buena suerte. Nunca se imaginó que ese sábado 5 de junio sería blanco de guerra.

Les molestaba que él alertaba cuando tocaba avanzar y anunciaba el repliegue. En su bicicleta era como el Dios Hermes llevando víveres a sus compañeros y rápido les mostraba a los paramédicos y a las enfermeras donde estaban los heridos.

Se confió que pedaleando en su bicicleta podía escapar del acecho de los asesinos, como el Libertador Simón Bolívar sí huyó la noche septembrina cabalgando en su corcel Blanco Palomo.

Un centenar de jóvenes, montados en sus bicicletas, lo acompañaron hasta su última morada. Ese día festivo fueron muy silenciosos, llenos de rabia, con sus músculos casi engarrotados, sudando frio, aunque fue un día que el sol iluminó más las calles por donde pasaba el cortejo.

Esa vez no competirían con él otra carrera, ni harían grupo en la ciclovía. Las banderas tricolores, con el rojo sangre arriba y el amarillo de riquezas en el piso, le abrían el paso.

Tal vez el asesino sin ningún principio, complacido y burlón, miraba su obra. O tal vez miró el carruaje con miedo, porque su conciencia le mostraba que lo podía haber evitado si hubiera antepuesto los principios cristianos que aprendió en la niñez.

Todos sus compañeros con un aplauso despidieron a Cristhian, mientras su amigo artista lo pintaba en un mural ascendiendo en su bicicleta firme entre las nubes, mirándonos desde esa gran altura, con la bandera como capa y a su paso recibiendo los íconos de sus amigos: las caritas tristes, los puños en alto, los corazones partidos y las manos en plegaria.

Adiós Cristhian: pedaleando hacia el cielo te despides. Fuiste otro guerrero caído. Mártir.

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