En las últimas semanas hemos presenciado de primera mano como el terror de la guerra y el reacomodamiento de las fuerzas que componen su espiral de violencia, sevicia e inhumanidad, nuevamente se van apoderando poco a poco de nuestros territorios.
Nuevamente porque el país en el último lustro había comenzado a vivir y a experimentar una época que nos permitió soñar con la posibilidad de tener un territorio más pacífico, con mejores condiciones de seguridad, una esperanza que comenzó respirarse y a sentirse en esa llamada “Colombia profunda”, en esos parajes rurales que por décadas fueron objeto de disputa entre la guerrilla, los paramilitares, narcotraficantes e incluso la mal llamada “delincuencia común”.
Nuevamente porque ese terror se ha comenzado a reflejar, y con fuerza, con masacres en territorios que históricamente han estado por fuera del control real del Estado colombiano.
Son masacres, las cosas hay que llamarlas por su nombre, el hecho de cambiar su denominación por “asesinatos colectivos”, no va a hacer que el dolor de las familias de las víctimas disminuya, ni que nuestra preocupación o de la comunidad internacional por esta creciente espiral de violencia desaparezca.
Es momento para que el gobierno nacional, de la mano con los gobiernos departamentales y municipales, tomen acción con decisión y contundencia para frenar de una vez, y antes que se salga de “cauce”, esta racha de violencia en las regiones. Deben ser acciones integrales, que claro, deben tener una “punta de lanza” militar y policial, pero que deben ir secundadas por el aparato judicial del Estado y a su vez por acciones gubernamentales integrales que comiencen a ver la “prevención” del delito como una verdadera alternativa.
El Estado debe comenzar a jugar un papel más propositivo y menos reactivo. Claro está que nuestro Estado históricamente ha sido débil, sin embargo, si hay voluntad política más allá de polarizaciones y caudillismos, es posible revertir esa situación.
“No porque lo haya sido, tiene que seguirlo siendo”.
Como ciudadanos debemos mirar al futuro, es nuestro deber no quedarnos enfrascados en discusiones bizantinas y anacrónicas entre “derecha e izquierda”, esto solo trae consigo el desconocimiento del otro como sujeto de opinión y de visión, debemos aprender a construir a través de la diferencia y la divergencia, no es momento de señalamientos sin sentido, es momento de ponerle atención a lo realmente importante: el futuro de nuestro país. Es momento de dejar resentimientos y rencillas del pasado que a lo único que lleva es a peticiones infinitas y duraderas de “revanchas” disfrazadas de solicitudes de justicia.
En las diferentes regiones, a su vez, debemos poner un “granito de arena” extra. Colombia por su modelo político y económico, por demás en muchos aspectos ineficiente, se ha desarrollado a partir de una centralidad superlativa que no solo atañe a la capital de nuestro país, sino a las capitales departamentales.
Así es, así como hay disparidades entre el desarrollo de las regiones y la zona central de Colombia, al interior de las regiones y departamentos también hay disparidades marcadas entre ellas.
Es cierto, las disparidades en el desarrollo socioeconómico interregional o zonal, existen en todos los países del mundo, sin embargo, en la mayoría de los casos de los países “desarrollados”, estas disparidades no llegan al nivel que presenciamos y vivimos en nuestro país.
Por ejemplo, en la región del Pacífico hay una notoria disparidad de desarrollo entre los cuatro departamentos que conforman este litoral oceánico, no es igual en términos generales la situación y la realidad social del Valle del Cauca, comparado con Cauca, Nariño y Chocó.
A su vez al interior de los departamentos sucede lo mismo. Si vemos el Valle del Cauca, hay un dicho que se ha convertido poco a poco en una realidad: “el desarrollo del departamento va disminuyendo conforme avanza el río Cauca”.
La disparidad es absolutamente evidente si comparamos su capital o municipios principales como Palmira o Tuluá con municipios “periféricos” como El Cairo, Versalles o El Águila. No es cuestión de tamaño, son las posibilidades reales de acceso a herramientas de superación económica y social que permitan generar sostenibilidad real al territorio. En otras palabras, no es igual la presencia del Estado en una ciudad principal que en un municipio geográficamente periférico, hecho que brinda menores oportunidades para el desarrollo económico y la superación personal de sus habitantes.
Esta situación es el “caldo de cultivo” perfecto para que la violencia siga presente en los territorios, y en Colombia ha encontrado en las disparidades sociales y en la riqueza natural de nuestro país, el combustible necesario para el auge del narcotráfico, un auge que ha permitido la extensión de cruentos periodos de violencia.
Debemos dejar a un lado las diferencias ideológicas y políticas y comenzar a trabajar por un nuevo país, por las regiones, ya que esta es la única forma para que nuestra nación “pase la página” de la violencia y el dolor.
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