En el Día Internacional de la Mujer hay que recordar cómo la Revolución Francesa de los derechos humanos y la democracia, continuó oprimiendo a las mujeres: Robespierre ordenó guillotinar a Olympe de Gouges por atreverse a proponer la igualdad de derechos para las mujeres. Esto explica que nuestra historia colombiana, que fue alentada por las ideas francesas, estuviera plagada de machismo.
Pero con las investigaciones y el transcurrir del tiempo, cuando las mujeres reivindicaron su papel social, fue imposible seguirle otorgando esa impronta fálica a nuestra historia. En las primeras sublevaciones comuneras poca trascendencia se les reconoció a sus precursoras: Antonia Santos y Policarpa Salavarrieta.
Es más, entre sus páginas de la campaña libertadora, se admitió la inocultable figura de Manuelita Saenz, pero relegándole al mero lugar de la amante del Libertador, despojándole del papel de consejera e intermediadora en las acciones anticoloniales.
En los primeros años de las luchas sociales de la república, se hace un inventario machista de líderes y no se le reconoció espacio a María Cano “La Flor del Trabajo”, aquella mujer que anduvo por todos los rincones del país organizando a los trabajadores para sus primeras conquistas laborales.
Pero nuestra historia escrita con pluma machista también pretendió invisibilizar a la mujer de la literatura y el arte, fueron los casos, de la novelista Soledad Acosta de Samper y la pintora Débora Arango. Sobradas razones le asistieron a García Márquez para afirmar “Da la impresión de que los hombres son los protagonistas de la historia, pero si lo son, es porque la mujer está sosteniendo el mundo detrás de ellos”.
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