Nos vemos en el bulevar, le dije a mi amigo antes de silenciar mi celular, pero él rechazó mi invitación expresándome que estaba desmotivado. No iríamos juntos a esta feria del libro de Cali.
Caminaba por el bulevar frente a la Ermita y observé muchos curiosos junto a las mesas de exposición, que pensé cual exitosas iban a ser las ventas.
Entonces extrañé a mi amigo, el profesor jubilado, quien esta vez no sería mi cómplice en la afición por la lectura. Las ferias de libros son diferentes a las de modas, de calzado, de perfumes, de velitas orientales, de pulseras de fantasía, de pasteles, de cosas de cocina o de cachivaches.
A tales eventos llega público dispuesto a comprar todo lo que le ofrezcan. De manera detectivesca comprobé que diferente es el comportamiento de quienes van a las ferias de libros a exhibir que son intelectuales.
Bueno, ahora paso a contarles la historia de mi amigo, que tal vez explique su desmotivación para este año bajar de la vereda que escogió para vivir su vejez.
Los profesores cuando se jubilan difieren de los otros trabajadores o empleados. Quien trabaje en una factoría, cuando cesen sus jornadas, jubilado al fin podrá recuperar el tiempo perdido que durante años le impidió el contacto humano con sus semejantes.
Distinto ocurre cuando un educador se jubila, ya no tendrá acceso al entorno humano que lo abrigó toda una vida.
Todo profesor al jubilarse cae bruscamente en un laberinto de soledad y silencio. Cuando un docente se jubila, no puede conversar más con sus alumnos, sus propios hijos hace rato que volaron del nido y sus nietos ya son jóvenes digitales.
Parecido al caso de mi amigo, algunos docentes jubilados se refugiarán en sus bibliotecas, pero ya no tendrán a quién compartirle sus lecturas.
Mi amigo vive lejos de la ciudad y con su pensión alimenta los pájaros que merodean por la casona, compra abonos, y gasolina para su guadaña. Ante la dificultad de adquirir nuevos títulos ahora se dedica a releer los libros arraigados en su biblioteca.
Dice que los encuentra más apasionantes que en su juventud, porque ahora entiende más a fondo lo que pensaron sus autores.
Él, que destinó la mayor parte de sus sueldos, en cuarenta años de trabajo, a conformar su biblioteca, trata de ocultar su frustración cada que recibe visitas en su casa campestre y alguien le sentencia que “los libros quedaron obsoletos porque ya están grabados virtualmente en el celular, que ahora ni siquiera hay que leer porque son audibles”.
Muy triste me confiesa que se abstiene de tomar algún ejemplar de su biblioteca para enseñárselo a quienes sólo le admiran por su proeza de haberse privado de otros disfrutes por adquirir sus libros.
Que aborrece a esas personas que lo miran de reojo y lo contemplan “inmerso en su anticuario de saberes”. Pero lo más triste es que sus familiares cercanos hagan eco de la rufiana teoría anti-bibliográfica.
De mi parte jamás haré coro entre los que desahucian las bibliotecas con el manido discurso de que lo virtual desplazará la cultura libresca.
Gracias a sus libros conservo la amistad que iniciamos hace medio siglo y le agradezco por los debates de otrora, que continuamos.
Si el teléfono celular hubiera aparecido hace medio siglo, no podría contarles esta historia. Los libros son cuerpos amistosos cuya tinta es la sangre que les da vida infinita.
A Ítalo Calvino le falto relacionar el paisaje de una feria del libro como otra ciudad invisible. Nos vemos en el bulevar.
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