Armar no es el camino

No más miedo

Mario Germán Fernández De Soto

El de civilización es un término originariamente francés que para otras latitudes se denominaría como civilidad, porque ella gira alrededor de las ciudades; de allí la importancia hoy de estas urbes y de los llamados “distritos” en el nuevo ordenamiento territorial.

Su éxito no sólo se mide por los logros en materia de infraestructura y de obras civiles sino, también por la calidad de vida de sus habitantes, al fin y al cabo pienso que la civilización es la mayor unidad de organización humana como quiera que en la práctica es la respuesta a la satisfacción de las necesidades del entorno en materia de seguridad alimentaria, vivienda digna y convivencia social, además del desarrollo cultural, lingüístico, religioso y político.

El desarrollo de los centros urbanos y de los sectores rurales tiene que acompañarse de la presencia del Estado para garantizar salud, educación, vías de comunicación y tranquilidad ciudadana a partir de la gestión institucional de las fuerzas legítimamente establecidas para garantizar la vida, la seguridad y el orden.

Sin embargo, parece que en nuestro caso, asistimos en la actualidad a una especie de barbarie producida por las constantes amenazas de los los mal llamados grupos subversivos que aún sobreviven en el país, que son realmente bandas delincuenciales que ponen en jaque a las autoridades y que constituyen motivo de zozobra y miedo a la comunidad en general cuando decretan arbitraria e ilegalmente “paros armados” que atentan contra la tranquilidad de todos, generando angustia y desesperación en poblaciones rurales y urbanas que afectan la movilidad y el normal desarrollo de las actividades comerciales y empresariales desde las más sencillas del transporte cuyos propietarios se abstienen de prestar el servicio por miedo a perder su flota, hasta el ejercicio del comercio en todas sus formas perjudicando la dinámica económica y el libre desempeño de los derechos civiles y comerciales de todo un país.

Evitar el tránsito en una carretera o en una vía fluvial o marítima y quemar vehículos de pequeños propietarios inermes es un acto de cobardía que no se puede tolerar a ninguna banda de criminales que pretende generar miedo ante una población ya afectada por la falta de ingresos, la incertidumbre y la desesperación propia de una amenaza latente y desconocida. Es inaceptable que unos pocos engendren un estado de “terrorismo local” que amedrenta y pone a las autoridades militares y de policía en entredicho como si no existiera un estado social de derecho en todo el territorio nacional.

Las instituciones nacionales deben actuar en forma contundente por las vías legales para contener este tipo de fenómeno delincuencial, que lastima a los más débiles; combatiendo a los facinerosos con la fuerza pública y la inteligencia militar y de policía para garantizar el libre comercio y sobretodo la tranquilidad ciudadana, ofreciendo confianza y seguridad a todo nivel.

Es imposible poner un policía o un soldado en cada metro de una carretera o vía marítima de una población pero sí es menester de unos planes de seguridad integrales en forma permanente que hagan frente a los bárbaros que pretenden intimidar a toda una sociedad que espera una respuesta institucional ante la barbarie. No más miedo.

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