Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Miedos de los colombianos

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Los colombianos sentimos miedo en las calles y al interior de los hogares. Esto sólo es comparable con aquellas antiguas historias de piratas cuando violaban mujeres y robaban víveres.

“Cuando el pirata Francis Drake asaltó a Riohacha, en el siglo XVI, la bisabuela de Úrsula Iguarán se asustó tanto con el toque de rebato y el estampido de los cañones, que perdió el control de los nervios y se sentó en un fogón encendido”.

Sin olvidar el intenso dolor de las personas cuyas hijas fueron golpeadas y violadas, que a sus hijos les sacaron los ojos, que los detuvieron arbitrariamente, que los desaparecieron o que les quitaron la vida, hoy me refiero a las consecuencias emocionales en los demás ciudadanos.

La prensa mundial dice que Colombia está en guerra. Pero estamos peor, es un conflicto social donde el Estado impone la fuerza. Son menos graves las afectaciones psicológicas de las guerras porque en ellas los ciudadanos son conscientes se trata del ataque de un país enemigo y para defender la nación se motivan con la hermandad patria.

Distinto es que sean las propias armas del Estado, disparadas injustamente contra su pueblo. Eso produce miedo, impotencia, dolor, frustración, ira y cólera.

Los colombianos tenemos miedo del destino de la moneda. Miedo de la inseguridad tras el colapso de la economía. Miedo del hundimiento de la democracia. Miedo de que vuelva a imperar la ley del más fuerte.

La adrenalina por el miedo, contagiada de noradrenalina del cólera, compromete el funcionamiento neurofisiológico y termina en patologías de los demás sistemas del cuerpo humano.

Miedos son aquellas sensaciones de desconfianza que el terror nos provoca a los seres humanos generándonos ámbitos de angustia ante la amenaza de peligros inminentes.

La desconfianza por la incertidumbre de su futuro social, hasta relevó el miedo que los colombianos sentían por el Covid-19. El miedo transformó en muecas de terror la sonrisa de los caleños.

En la Santiago de Cali, los disparos y las bombas relevaron los acordes de la música en la ciudad que bailaba. Miedo sintieron las tradicionales familias de Guadalajara de Buga, al ver sobrevolar sobre sus tejados a los helicópteros disparando los gases lacrimógenos y las descargas aturdidoras, violando la tranquilidad de la “Ciudad Señora”.

Miedos similares tienen las laboriosas personas de Yumbo y la hospitalaria gente de Jamundí. Los yumbeños ahora tienen el nuevo miedo de dormir en un pueblo convertido en una bomba de tiempo.

Hasta en Barranquilla, la sede de la Selección, los jóvenes dedicados a lucir con honor las camisetas de sus equipos en el juego profesional de la pelota, probaron el miedo en la gramilla del estadio.

Ya no los hizo llorar los aplausos de los hinchas, sino los gases que se ensañaron con sus atléticas humanidades. Y por qué no admitirlo, miedo también sienten los jóvenes uniformados que cumplen órdenes del Gobierno.

Sólo cesarán todos nuestros miedos cuando Gobierno, jóvenes protestantes y comando de paro, se escuchen en la mesa, lleguen a un acuerdo y los colombianos volvamos a nuestras labores sin desconfiar del futuro.

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