Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Manual de esperanza

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

José Saramago atendió mi invitación a que me visitara en uno de estos días aciagos de mi confinamiento. Cumplida una década de su despedida hacia la eternidad, él no ha cambiado en nada. En la tertulia le pedí que repitiera su discurso de recibimiento del Premio Nobel, esperanzador en esta pandemia.

Antes de despedirse y regresar a su eterna morada, Saramago me regaló su “Manual de pintura y caligrafía”. ¡Qué hermosa prosa, cuyas páginas a uno lo confunden cual tratase de un oleo clásico sobre la humanidad! Todavía me resuena su manera de pintar a sus abuelos con tintas de literatura en Estocolmo.

Me dijo que Josefa, su abuela, sentada en la puerta de su humilde rancho, en uno de sus últimos días, le expresó: El mundo es tan bonito y yo tengo tanta pena de morir. Y de inmediato, José me aclaró, “no dijo miedo de morir, dijo pena de morir”. Ella era una persona con pena de irse de la vida sólo porque el mundo era bello, con gente como mi abuelo Jerónimo, pastor y contador de historias, que al presentir la muerte, se despidió de los arboles de su huerto uno por uno, abrazándolos y llorando porque sabía que no los volvería a ver.

Por el libro que José me regaló, con su historia sobre un artista, ahora me pregunto: ¿por qué para pintores no hay premios universales, como sí ocurre con escritores, economistas, pacifistas y los científicos? ¿Ni siquiera les entregan premios como lo merecen músicos y cineastas? El regalo que recibí de Saramago es un verdadero manual de esperanza.

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