No reseñaré el filme clásico de Víctor Fleming, mejor película de 1939, pero continuaré mi columna que se refirió al cine. Dije que sin inventariar las salas de cine se quedarían cortos quienes escribieran historias de Cali. Ahora, sigo. En libros y revistas sobre la otrora caleñidad hallamos fotografías de sitios de esparcimiento, como el charco “del Burro” y “las pilas”, igual que de grilles donde se forjaron los bailadores.
Así mismo, del primer aeropuerto, de las antiguas sedes del batallón Pichincha, del estadio viejo, colegios y el correo aéreo. Pero nada sobre las salas de cine. Solamente se salvó el teatro San Fernando porque los amigos de Andrés Caicedo ilustraron sus biografías y ensayos con fotos de los sábados en cine club. Quienes fuimos la muchachada de los años cincuenta tenemos muchos recuerdos sobre esos templos de la proyección.
Frente al río Cali, donde hoy queda el bulevar, estaba el teatro Colombia, demolido para ser reemplazado por dos salas del Cinema. La avenida Sexta empezaba donde se ubicaban El Calima y el teatro Bolívar. En el centro también estaban: El Cid, México, Aristi y Colón. La ciudad creció aprovisionada de teatros: Rivolí, Palermo, San Nicolás, Avenida, Sucre, Ayacucho, Ángel, Troncal, María Luisa, Alameda y Asturias. Aparecieron barrios con sala propia: Santa Elena con el Cine Variedades y el Popular con el teatro América. Un domingo de matiné los niños nos volvimos cinéfilos cuando vimos que un chorro de luz brotaba de una ventanita en la pared, cruzaba la sala sobre nuestras cabezas y proyectaba un mundo mágico.
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