Jaime Alberto Leal Afanador

Las tentaciones

Jaime Alberto Leal Afanador - Rector UNAD

Seamos sinceros. Todos hemos convivido o convivimos con uno o varios diablillos en la cabeza, a los que llamo tentaciones, o deseos de realizar algo que, nuestra conciencia sabe que no deberíamos hacerlo.

Ese diablillo nos “habla al oído” y nos invita a desconocer lo que las leyes, las normas de protocolo o nuestra ética, nos han inculcado como correcto, y nos reta sugiriendo que “no pasa nada” si… rompes una regla, mientes alguna vez, robas esto o aquello, hablas mal de… no cumples con… deseas algo indebido… envidias de forma indebida…

Y sucede porque somos humanos; es decir, imperfectos, contradictorios, con fortalezas admirables, pero también con grietas que preferimos ocultar a los demás.

Esas tentaciones se dan en la frontera entre la razón y el deseo, y cobran vida cuando la voluntad supera los argumentos a favor de lo debido, la convivencia, el respeto y la paz.

Hay múltiples interpretaciones sobre las tentaciones y sus alcances. Las hay desde aquellas muy leves y solo perceptibles por cada uno (tomarse un trago o comer demás, pese a alguna restricción médica; dejar de hacer ejercicio por pereza; chismear por pura curiosidad, o burlarse de otro con imprudencia e irrespeto, por citar algunas), hasta tentaciones graves en sus acciones que, incluso, pueden ocasionar consecuencias penales (ejercer violencia, aprovecharse de otra persona, enriquecerse indebidamente, consumir drogas no permitidas, ser corrupto…).

Hay múltiples miradas disciplinares sobre las tentaciones: La biología habla de impulsos y niveles de dopamina.

La psicología del subconsciente que se nutre de heridas espirituales y carencias afectivas. La sociología, de malos ejemplos y presiones indebidas. La espiritualidad, de pecado y culpa; y el derecho, de culpa y responsabilidad, por solo citar algunas.

Más allá de estudiar su origen e impactos, es claro que todos experimentamos deseos, miedos, frustraciones, necesidad de reconocimiento, rabias… que muestran nuestra fragilidad y nos hacen vulnerables a las tentaciones.

Y por sobre el impacto, visibilidad o consecuencias que se deriven de dichas tentaciones, es nuestra conciencia (o esa “voz interior” que algunos bien llaman) la que sí se da cuenta de lo que hacemos.

A los demás los podemos “embolatar” con palabras y algunas acciones, pero no a nuestra conciencia.

Un académico confesaba que una vez robó un libro, no por necesidad ni falta de dinero sino por curiosidad.

Aunque nadie lo descubrió ni sancionó, reconoce el remordimiento que vive desde entonces. Toda tentación nos enfrenta más que al mundo, a nosotros mismos.

Algunos impactos de las tentaciones se sancionan, pero por sí misma la ley no es el antídoto a una conducta derivada del pensamiento, de los valores aprendidos y de las ansias.

La ley castiga el robo, pero no la codicia; la violencia, pero no el odio; la corrupción, pero no la ambición desmedida.

Los sentidos humanos, que cometen las acciones están “dirigidos” por la mente – o la conciencia, y esta no se puede encerrar en una cárcel.

La diferencia entre caer y levantarse

Vencer las tentaciones es un triunfo individual. No es una batalla rápida ni fácil, porque no siempre encuentra castigo, porque la tentación puede reaparecer fácilmente, y porque la vida aparentemente sigue igual, así haya culpa, vergüenza, pérdida de autoestima, conflictos en pareja, tensiones en el trabajo y rupturas con los amigos.

Quien toma conciencia del daño por sus tentaciones (perder tiempo, dinero, amistades, entre otros) y se esfuerza por superarlas, muy seguramente las erradicará de su cabeza, casi que sin darse cuenta.

Esta es una persona virtuosa, que sabe transitar de la imperfección a la construcción de mejores relaciones y a la tranquilidad de espíritu.

Muchas de estas son personas ya maduras (que han caído y superado tentaciones) que descubren que la armonía y la felicidad son resultado de pequeñas victorias diarias sobre esos pequeños demonios.

Estas batallas van más allá de una valoración moral o religiosa, e implican un gran conocimiento de las capacidades y limitaciones, de la disciplina y de la voluntad.

Los virtuosos también son humanos, pero caracterizados por su tenacidad. Quien se deja vencer por sus tentaciones demorará más tiempo en conquistar su tranquilidad, con la peligrosa advertencia de que la vida no siempre nos da tiempo para ello.

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