Comenzó la recta final para la elección de quien presidirá el destino de nuestro país y con esa carrera la polarización que hoy existe. Y observo cómo las redes sociales se han convertido en el perfecto campo de batalla para que los “supuestos” bandos se lapiden sin misericordia el uno al otro. Confieso que hace ya varios años participé en tales contiendas de manera apasionada, visceral, si se quiere. Pero con la madurez que me han dado los años he llegado a la conclusión que la inmensa mayoría de esas discusiones y disputas fuero bizantinas sólo me crearon dolores de cabeza y la enemistad de algunos conocidos. ¿Valió la pena?… No.
Hoy he decidido no tomar las cosas tan a pecho, pero obviamente sin dejar de seguir mis convicciones políticas de manera reservada para evitar provocaciones y sin sabores.
Desde que comencé mi vida laboral jamás he medrado del erario en condición de funcionario y no está dentro de mis planes llegar a hacerlo en el futuro. Siempre he creído que la mejor manera de poner “mi grano de arena” en la construcción de un país mejor es trabajar con esmero en materializar mis emprendimientos. Y aunque algunos los pueden calificar de locos, e incluso trasgresores, me queda la inmensa satisfacción de haber contribuido con ellos a crear empleo y a mover -con su minúsculo aporte- la economía de nuestra ciudad. Así las cosas, seguiré apoyando –a pesar de los desengaños vividos- a quien propende por la libertad de empresa, el respeto de cultos, la primacía de la justicia, el predominio del orden y la defensa de la propiedad privada.
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