Cuatrocientos años antes de Cristo, existió un filósofo en Atenas. Se cuenta de él que vivió en completa indigencia y que sus noches las pasaba en un barril. Era tal el desprendimiento que profesaba de las cosas materiales, y el profundo sentido de valoración que poseía de las que no lo son, que el mismísimo Alejandro “el Grande” llegó a confesar que si no fuera rey de toda Macedonia le gustaría ser como Diógenes. Sí, así se llamaba nuestro hombre.
Pero la anécdota que me hace evocar la memoria del filósofo sucedió cuando éste resolvió recorrer las calles atenienses portando consigo una pequeña lámpara de aceite. “¿Qué buscas?” lo interrogaban al verlo pasar; y el filósofo, acercando la lámpara a cada curioso rostro contestaba: “A un hombre de verdad”.
Hoy, en medio del maremágnum de desinformación que orbita alrededor del virus, la pandemia, las vacunas y las supuestas conspiraciones… ¡Como nos haría falta una lámpara como la de Diógenes!
Sin embargo, la luz que emanaba de la lamparilla del filósofo era insignificante a plena luz del día.
Diógenes sabía que no eran necesario un raudal de luminosidad para encontrar la verdad.
Las tesis conspirativas pululan todos los días; las escucho y algunas veces las asocio con la cuadratura del círculo o el arte de la “tripologia felina” que consiste en buscarle tres patas al gato.
Entonces recuerdo la teoría de la Navaja de Ockham que afirma que por lo general la explicación más simple suele ser la correcta, juicio que comulga maravillosamente con la tenue luz de la lámpara de Diógenes. Dicho esto, aquí mi conclusión… ¡Sean bienvenidas las vacunas!
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