Literatura y política siempre han reñido. Claro que en la historia de Latinoamérica ha habido excepciones, tres escritores, uno diplomático y dos presidentes: Miguel Ángel Asturias en Guatemala, Domingo Faustino Sarmiento en Argentina y Rómulo Gallegos en Venezuela.
Sucedió en contextos sociales donde el vanguardismo literario iba aparejado con el caudillismo político.
Años después fracasaron los ensayos electorales de Pablo Neruda en Chile y de Mario Vargas Llosa en Perú. Los recientes comicios en Colombia tuvieron características singulares: hubo propuestas factibles, algunas esperanzadoras, otras casi imposibles y no faltaron las de candidatos divertidos, pero sin programa, ni fundamento.
La división de los ciudadanos en dos bandos parecía insuperable y las expectativas se tradujeron en juegos sucios, calumnias, miedos, confianzas, caras serias, rostros alegres, que finalmente terminó el 19 de junio en euforia colectiva. Para la segunda vuelta electoral, abundaron las encuestas y se expandió la comunicación mediática.
La pluralidad de mensajes desbordó con WhatsApp los teléfonos móviles. En esta reñida contienda nos sorprendió el hecho de que William Ospina tomase partido a favor de Rodolfo Hernández a través de sus columnas de opinión y en entrevistas públicas, como coordinador de esa campaña.
Causó extrañeza esa actitud controvertible con sus narraciones, poemas, ensayos y conferencias, que cautivaban a sus lectores. Dejó a un lado su capacidad interpretativa de la realidad y cambió su independencia crítica.
Si dentro de cuatro años se repiten los ofrecimientos burocráticos y otros escritores se dejan tentar, nos harían dudar de sus prestigios al ponerse al servicio de los príncipes de turno.
Cuando los intelectuales se marcan para servir a los políticos tradicionales, degradan sus producciones porque las conveniencias personales relevan sus inteligencias.
Entonces el lenguaje literario es arrasado por discursos banales. Gabriel García Márquez jamás se dejó tentar de lanzarse como candidato de la izquierda colombiana.
Él decía que el deber revolucionario de todo escritor sería siempre el de escribir bien.
Decía que él escribía para que los amigos lo quisieran más; esto lo olvidan aquellos que se meten a apoyar candidatos sin fundamento alguno y entonces se ganan la repulsión de sus amigos y de sus lectores.
Pablo Neruda fracasó en su aspiración a nombre del Partido Comunista a la Presidencia de Chile. Mario Vargas Llosa presentó su candidatura como una opción derechista, pero los peruanos no lo respaldaron, ni siquiera sus fieles lectores.
El cantante Rubén Blades, tampoco encontró en las urnas el respaldo político de su público que asistía siempre a sus conciertos en grandes escenarios de Panamá.
Y eso que los dos escritores y el músico lideraron sus propias candidaturas, entonces qué decir de los intelectuales que en Colombia apoyan a políticos que ni siquiera han leído sus libros y desconocen sus fundamentos críticos.
Pero dejemos el pesimismo, habrá tiempo para la autocrítica y la reflexión.
Cuatro años serán suficientes para probar lo que pesa la soledad en los escritores antes aclamados. William Ospina profesó una gran amistad con Estanislao Zuleta.
Ospina en un prólogo que escribió para la biografía “La rebelión de un burgués. Estanislao Zuleta, su vida”, publicada por Jorge Vallejo Morillo, opinó sobre la obra de su maestro: “El aspecto más vigoroso de su obra es su carácter rebelde y revolucionario. En un país como el nuestro, lleno de ideas fósiles y de injusticias inamovibles, el vigor de un pensamiento sólo puede medirse por su capacidad de crítica e independencia”.
Releí y confronté el ensayo de William Ospina, “¿Dónde está la franja amarilla?” (1997), con la realidad colombiana y el discurso de su candidato. Concluyo: no hallé ninguna aproximación.
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