Juego Final

Rodrigo Fernández Chois

Y finalmente vi la película EndGame. Lo hice tras haber recorrido antes, como si de un maratón se tratara, todas las veintiuna películas que dan vida a la saga de Marvel.

Y créanme, una cosa es asistir a la sala de cine con ese conocimiento a cuestas y otra muy distinta -tortuoso imagino- es sentarse las tres horas que dura la última película intentando entender una trama compleja y atiborrada de superhéroes de diversos pelambres. Gracias a mi previsión… ¡Pude vibrar en la misma a frecuencia que los fans que estaban a mi alrededor!

La conjunción de las seis singularidades físicas -las famosas “gemas del infinito”, unas joyas de la que aún no me sé bien sus nombres- más la recreación de la línea del espacio tiempo, son elementos fascinantes.

Pero sin duda, es esto último lo que siempre me ha causado serios dolores de cabeza, tanto al hallarlo en el cine como en la literatura de ciencia ficción. Desde la Máquina del Tiempo de H.G. Wells y las películas ochenteras de Volver al Futuro, los viajes en el tiempo y sus famosas paradojas no han dejado de significarme un reto neuronal.

Y EndGame no fue la excepción. Siempre tuve la idea -alimentada por el cine y la literatura- del cataclismo espacial que se produciría si un mismo ser se topa consigo mismo en tiempo diferente al suyo. Era mi novelesco paradigma hasta entonces.

Pero al atender la explicación del científico Banner de que al viajar en el tiempo “el futuro es el pasado” creamos la opción alucinante de infinitas realidades coexistiendo entre sí.

¡Sí, amigos, me gocé la película!

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