James-Zidane, segunda parte

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

El caso James-Zidane, no es novelón porque para el futbol globalizado los jugadores son máquinas del mercado. Desde su amateurismo el fútbol es un negocio porque los nombres de los equipos fueron stand en ferias comerciales. Después, el naciente profesionalismo que se financiaba con la taquilla, se fortaleció económicamente cuando el fútbol pasó a ser la principal noticia en los diarios, los domingos se narraron los partidos y en semana hubo programas deportivos.

Esos espacios más leídos de la prensa y pautados en la radio motivaron a los industriales a inyectar capitales para que los equipos presentaran plantillas de lujo. Pero el negocio más próspero lo emprendieron los clubes cuando valoraron a los jugadores como sus bienes más preciosos, se apropiaron de sus pases e iniciaron transacciones de jugosas compra-ventas. A cada deportista le fijaron precio, parecido a como se hacía en el mercado de esclavos. Paradójico, al futbolista se le volvió inalcanzable su propio pase y por ende no decidiría su pertenencia voluntaria a determinado equipo.

Mientras los hinchas les aplaudían sus goles los clubes los apreciaron como máquinas productoras de taquilla y como objetos de compra-venta. En el futbol tercermundista hay jugadores que disfrutan de fama y de aparentes condiciones sociales ganadas por ser talentosos, pero regidos con contratos que relevan las leyes laborales, llegan a viejos inmersos en la pobreza. James, ni maduró biche, ni hace parte de un novelón de rencores. En el Real Madrid ocurre parecido a lo que pasa con los jugadores en equipos tercermundistas, su pase devalúa y está en vilo su nueva contratación.

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