Alfonso Valdiri en otrora motivaba sus clases de educación estética definiéndonos la canción como esos sublimes poemas envueltos en hermosos sonidos.
Lo confirmábamos con los románticos boleros y con las debutantes baladas. Si nuestros padres se dedicaron serenatas de balcón, nosotros nos enamoramos escuchando baladas en pareja. Hoy, un maestro, ¿podrá definir el reggaetón señalándole colores a su música y sublimidad a sus metáforas? Difícil será arar en el desierto. Sin embargo el reggaetón es lo que más consumen nuestros jóvenes, lo demuestra el rating de los medios y la asistencia masiva a los conciertos.
Este bodrio, ¿cómo influye entre la juventud consumidora? Jamás llegamos a imaginar que clasificaría como arte esa nueva corriente que deslinda entre la música y el ruido, entre lo poético y la incitación vulgar. Hace décadas hubo una alerta por posibles mensajes subliminales satánicos en el rock en español si se escuchaban los acetatos en reverso. Pero lo del reggaetón ahora es de frente y en vivo ante la audiencia. Así lo protagonizó Lui G 21 Plus, Hiram David Santos, en el escenario.
Ahora no bastará con controvertir en las redes sociales al “boquisucio” puertorriqueño por maltratar a nuestras mujeres e incitar a la juventud al consumo de alucinógenos. Antes de permitirse esta clase de espectáculos deberá intervenir el ente estatal competente y multar a los “artistas” y a los programadores cuando se incite a los antivalores.
Urge el acercamiento generacional con la difusión y cultivo de la música auténtica. Los mayores asumamos la responsabilidad de compartirle a los jóvenes los bellos legados. Rechacemos la vulgaridad y las nocivas incitaciones seudomúsicales.
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