La vieja costumbre de derribar estatuas es tan antigua como la especie humana. Civilización tras civilización, la destrucción de templos, imágenes sagradas y monumentos ha hecho parte de las formas de dominación de una cultura sobre otra. Las sociedades victoriosas siempre han querido poner a sus referentes sobre un pedestal y bajar del altar a las figuras que consideran que representan el pasado, la barbarie y lo anticuado. Lo hicieron los griegos sobre los persas, los cristianos sobre los romanos y los revolucionarios franceses sobre el cristianismo. La guerra de estatuas de hoy no es más que un eco de esa lucha incesante por el control de los símbolos, las narrativas y la memoria que definen la identidad y la verdad en una sociedad.
Pero que se haya hecho en el pasado no quiere decir que debamos abrazar esa práctica actualmente. Derrumbar una estatua es un acto de violencia y una forma de vandalismo que evidencia un alto grado de intolerancia, desprecio y arbitrariedad. Es un atentado contra el patrimonio cultural y la memoria colectiva de nuestras ciudades, bajo el pretexto del revisionismo histórico y la corrección política contemporánea.
Existe un movimiento a nivel global que ha impulsado esta causa y se ha enfilado contra las efigies de personajes históricos de la talla de Cristóbal Colón, George Washington, Thomas Jefferson, David Hume y Sebastián de Belalcázar. Más allá de una nueva lectura y reinterpretación de nuestra historia, siempre necesaria, siempre insuficiente, la violencia simbólica destruye íconos que nos identifican y definen como comunidad. No quedaría escultura en pie, ni en Colombia, Roma o Grecia, si interpretamos a rajatabla el pasado con los ojos de hoy. Inyectarle ideología a todas las cosas, aumenta la pugnacidad social y envilece nuestras vidas. Derribar estos monumentos es una forma de ejercer violencia contra nuestra ciudad. Además, en esta coyuntura, establece un mal precedente pues legitima las vías de hecho y envalentona más a los vándalos para que las adopten como formas válidas de protesta.
La historia es la mejor maestra de vida decía Cicerón y la mejor forma de honrarla no es destruyendo o rebautizando el mármol, sino conociendo mejor el pasado, con sus grandezas y sus miserias. Lugares como el mirador de Sebastián de Belalcázar son emblemáticos para Cali. Una postal que distingue a la ciudad ante el mundo como Cristo Rey, Tres Cruces o el Gato de Tejada. La mejor forma de preservar y enaltecer la memoria de nuestros ancestros no es haciendo trizas las estatuas ni reubicándolas, sino publicando más libros de historia, abriendo más museos, más bibliotecas y erigiendo nuevos monumentos, destacando como lo amerita, la grandeza de nuestro pasado indígena, pero sin aplastar los símbolos vigentes de la caleñidad.
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