Cuando los mayores desestiman las capacidades y habilidades de los jóvenes, solo porque son jóvenes, incurren en el mismo, o más grave error, de los jóvenes que subestiman y menosprecian las opiniones y acciones de los mayores, viejos, ancianos o como quieran llamárseles, únicamente porque, dicen, el mundo ya no es de ellos, están de salida y sus achaques no les permiten ser lúcidos.
Desconocen que la convivencia entre jóvenes y personas de edad madura es una maravillosa oportunidad de crecimiento de ambos a partir de sus potencialidades, más allá de sus limitaciones.
La juventud empuja el mundo hacia adelante;
la vejez evita que se desborde.
Hay una realidad inmutable: la mayoría de los jóvenes están destinados a ser viejos, y todos los mayores fueron jóvenes.
Es normal que en la juventud haya inexperiencia e imprudencia (no medición de consecuencias, temeridad y, a veces, aventuras al extremo de rozar peligrosamente los principios).
Ser joven se asimila con pensar que hay muchos años, éxitos y desamores por delante, aunque ello ponga en riesgo la convivencia y el propio futuro.
También, es normal que muchos mayores asuman que solo lo que ellos vivieron es mejor que lo actual; que los jóvenes de hoy viven equivocados por su falta de experiencia; y que las ideas, proyectos y nuevas apuestas sociales, construidas con una mirada ajena a la de generaciones anteriores, son erróneas cuando no han sido tenidos en cuenta.
No hay línea exacta que divida la juventud y la vejez. Depende del estado físico y mental, de las fuerzas y posibilidades de trabajar, y en especial de la disposición anímica para asumir otras realidades, así como de estar cumpliendo o haber cumplido importantes ciclos, como los de formar y consolidar una familia, escalar posiciones laborales o pensionarse, o retirarse de actividades sociales cuando se estime suficiente.
Son formas diferentes de ver, de disfrutar y de valorar la vida. Tensiones y visiones, a veces antagónicas, que tarde o temprano disparan un conflicto y demandan una conciliación intergeneracional.
Es un tira y afloje entre gastar y ahorrar; entre moverse intensamente y reposar serenamente; entre arriesgar y apostar y cultivar; y entre involucrarse apasionadamente o invertir racionalmente, entre otros.
Es una tendencia pero no un determinismo absoluto. Hay jóvenes cuya prudencia es mayor que la de decenas de ancianos, y personas muy mayores con una energía, ánimo y apertura al cambio que envidian muchos jóvenes profesionales.
Todos, sin excepción, convivimos y hemos tenido un amigo, jefe o familiar mucho mayor, que nos han visto como noveles, jóvenes, inocentes e inexpertos.
Y de ellos hemos aprendido, y mucho, y enorme gratitud les tenemos en el alma.
Y cuando personalmente hemos disfrutado más anocheceres y amaneceres que los que, creemos, nos faltan por vivir, debemos, aún más, dar lo mejor de nosotros, de nuestro conocimiento, habilidades, prudencia y experiencia para que los jóvenes se enruten hacia el mejor camino, con respeto y admiración hacia sus decisiones, pues ellos experimentan realidades muy distintas de las que tuvimos en nuestra juventud, y muchas veces lo hacen de forma más valerosa y con mayores dificultades que las que vivimos los hoy mayores.
Mientras los mayores nos criamos en un contexto social muy diferente y aprendimos labores que el trabajo y la tecnología han hecho desaparecer, los jóvenes enfrentan desafíos para los que los mayores no siempre tenemos respuesta.
Que el 70 % de los nuevos emprendimientos que se registran en las Cámaras de Comercio sean liderados por personas menores de 35 años, habla mucho de otro lenguaje, apuestas y realidades ajenas a las personas maduras y de la tercera edad.
Como bien enseña la sabiduría popular, nadie sabe la sed con la que bebe el otro, y la forma de visualizar el presente y el futuro, y las herramientas con las que cada uno cuenta para enfrentarlos son muy distintas.
Más allá de confrontar y de juzgar a otros, debemos ofrecerles lo mejor que tenemos.
Porque interactuar con todos a quienes el destino, un ser superior o la suerte nos han puesto en el camino, para amar, servir, y crecer como personas y comunidad, es un regalo de la existencia para procurar felicidad ajena y propia si de verdad se quiere dejar una impronta genuina para sembrar una mejor humanidad.
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