Rafael Pombo otrora alegraba a los niños con sus versos gatunos: “Mirringa Mirronga la gata candonga/ va a dar un convite jugando escondite/, y quiere que todos los gatos y gatas/ no almuercen ratones ni cenen con ratas”.
Muchos de esos poemas permitieron que los descendientes de los escolares de entonces amen hoy a las mascotas. Por eso me conmovió la noticia de que varias fundaciones protectoras de los animales protesten ante más de diez casos diarios de violencia contra gatos y perros.
Eso demuestra que no sólo los seres humanos somos víctimas de nuestros propios congéneres, los victimarios también se ensañan contra los dos animalitos más amigos del hombre.
Pero faltan registros históricos sobre las agresiones contra los animales, torturas, gaticidios y perricidios. En la Edad Media aplicaron racismo a los gatos negros en la cacería de brujas.
Antonio Burgos en “Gatos sin fronteras”, señala que, en Inglaterra, Francia y Alemania, en el día de Todos los Santos se iniciaban las fiestas populares con la quema de cajas y sacos llenos de gatos negros. En Escocia eran empalados, asados vivos durante dos días, en una horrenda ceremonia llamada “La cena del diablo”.
A principios del siglo pasado, en Santa fé de Bogotá, con estricnina envenenaron masivamente a perros. La valía de los gatos como depredadores sólo vino a ser reconocida a mediados del siglo XIV, cuando una plaga originada por las ratas, conocida como la Peste Negra, atacó a las ciudades europeas.
Los historiadores siguen en deuda de investigar los crímenes anti felinos y anti caninos. Los novelistas tampoco han sabido valorar la perfecta comunicación entre humanos y mascotas, digna de enternecedoras narraciones y bellos poemas.
Sí perseveran los agüeros, como, por ejemplo, el de señalar como causa de mala suerte la circunstancia de que un gato negro se nos cruce en el camino.
No faltan los barbarismos, como, por ejemplo, decir que las `personas que acostumbran a pelearse viven como perros y gatos. Olvidan que en muchos hogares conviven gatos y perros en un ejemplarizante respeto y una paz más perfecta que la humana.
Desacertada cuando decimos que estemos recibiendo trato de perros para quejarnos de la violencia psicológica intrafamiliar. Recibir vida de perro significaría lo contrario, que nos dan el amor que reciben las mascotas: mimos, paseos, alimentos, ayuda en el acto fecal y aseo. Malogramos el idioma cuando señalamos que un gobernante aliado con la corrupción sea un “perro de la política”.
Igual que comparar el comportamiento público de una mujer con el de una apetecida canina. A veces como en el billar pretendemos hacer carambola de un solo taco, expresamos “gata falsa, perro mentiroso”. Se vulnera al perro que le ponen nombres de Kaiser, Hitler, Stalin o Mussolini. Se tortura al perro que se le amputa su cola y/o sus orejas.
Los perros han sido víctimas de persecuciones, que en todas las ciudades las autoridades sanitarias practican las cacerías de los mansos perros callejeros, con carros jaula y patrullas para confinarlos en perreras o prisiones de caninos vagabundos.
A los encargados de aplicar esa estrategia anti canina, yo les recomiendo que escuchen “Callejero”, una canción de Alberto Cortez: “Era callejero por derecho propio/ Su filosofía de la libertad/ fue ganar la suya sin atar a otros/ y sobre los otros no pasar jamás/”.
Estoy convencido de que los activistas anti-estatuas nunca se les ocurrirá derribar los alegres felinos acompañantes del gato de Hernando Tejada, ni el can del parque del Perro, ellos sí son legítimos monumentos dignos del aplauso de los caleños.
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