Este 9 de junio el sentimiento de los maestros será parecido al que sintieron sus estudiantes el pasado 15 de mayo. Los estudiantes llevan semanas sin poder asistir a los colegios. Sus maestros jamás imaginaron que la ausencia se prolongaría por causa de la pandemia.
Si antes, en la semana del turismo, en Semana Santa, en navidad y en vacaciones de verano, los maestros añoraban sus prisas al terminar las jornadas y que su camaradería espantaba la soledad de la ciudad, ¿qué decir cuando llevan tres meses de confinamiento y sólo regresarán a clases presenciales en agosto? Qué maestro iba a imaginar que en tantos años de docencia llegaría un 9 de junio, Día del Estudiante, sin escuchar los barullos juveniles.
Sin los saludos cotidianos, sin las miradas alegres, otras tristes o tímidas, algunas pícaras, pero todas cordiales. Es incomprensible que haya quien considera obsoleta la escuela porque “los niños en Internet aprenderían solos”. Que sin fundamento esa persona le reste importancia a las planas de letra cursiva en la escritura y que pida el relevo de la escuela.
Que con argumentos baladíes proponga: “No más madrugadas a las 5 de la mañana para coger un bus, reuniones semanales para bailar salsa o hacer deporte mientras que el conocimiento llega desde Mr.Google”. Un docente en la cúspide de su carrera y transcurridos muchos años desde que le enseñó, se encontró con un ex alumno que emocionado le expresó: ¡Profe por usted soy un ciudadano de bien! Y conmovidos, se abrazaron, en encuentro sublime entre el viejo maestro y el exitoso hombre.
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