Estamos desencuadernados

Rodrigo Fernández Chois

Son tiempos procelosos como nunca antes había llegado a experimentar. La sensación de que el mundo está desencuadernado es absoluta. La pandemia, las medidas de choque para enfrentarla, la desconcertante situación política de la potencia del globo, el poder monopólico de las redes sociales que absorben nuestro tiempo y la memoria de nuestros dispositivos me hacen querer meter la cabeza –al igual que una avestruz- en un hoyo. No basta con apagar los noticieros y dejar de leer prensa para no ser bombardeado aquí, allá y acullá con recordatorios de los que es hoy nuestra tóxica realidad.

Ver a un niño de tres años con tapabocas y saludando con su puño cerrado me hace concluir que aquel lema de los abuelos que rezaba que “todo tiempo pasado fue mejor” no es hoy del todo falso.

Sí, el virus y la enfermedad rondan… ¿Quién en sus cabales no quiere conservar su salud? Sin embargo, al ver que la cura puede llegar a acarrear el peor de los males imaginados que no es otra cosa que la recesión económica con todas las secuelas que conlleva; consecuencias funestas como el hambre, la violencia, la depresión, el desempleo y la desesperanza; se hace prudente hacer un alto en el camino y recapacitar entre los dos escenarios que nos da a elegir el adverso destino: ¿Enfermedad con recursos o enfermedad con hambre?

En el caso particular de la industria formal del esparcimiento nocturno se observa hoy en ella un gran holocausto… Un sacrificio que deja un sabor amargo por lo injusto al compararse con la libertad de operación de muchas actividades diurnas masivas. ¡Estamos desencuadernados!

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