Esperemos más golazos

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

En Colombia lo inverosímil se está volviendo costumbre que hasta nos acaba la capacidad de asombro. Lo más reciente fue el resultado del partido de ascenso del grupo la B, entre Atlético Unión Magdalena y el Llaneros Club, que indirectamente también marcó un golazo mucho más doloroso para Fortaleza Club.

Hubo una reacción general porque con ese gol se afectaron los intereses económicos de los dueños de los equipos, aspecto que muchas veces la hinchada desconoce. No se hizo esperar la denuncia ante la Fiscalía. Este acto unge a cualquier abogado o retirado de la política y, además, se presenta como abanderado del acto de derecho para enmendar nuestra vergüenza ante el mundo. Pero lo extraño es que hace varias semanas se había destapado otra “olla podrida”, relacionada con el futbol profesional colombiano, mucho más fétida que la del golazo, sin pasar de ser una de aquellas noticias intrascendentales.

Si negociar el resultado de un partido de futbol es un crimen, qué decir entonces del negocio de vidas humanas como ocurre con los casos de los jugadores que para alcanzar el “Sueño del Pibe” tienen que recibir pagos inferiores al mínimo y los convierten en cosas. Sí, porque les despojan de uno de los atributos fundamentales de su personalidad jurídica, como es su capacidad de contratar y así no puedan buscar nuevos horizontes en otros equipos de fútbol.

Sucede en Colombia donde sin contratos de trabajo quitan la estabilidad laboral, siendo relevada por contratos civiles. Que unos equipos sean dueños de determinados jugadores, nos recuerda a la Conquista y la Colonia cuando en Cartagena los españoles vendían esclavos traídos de África. Los pases que hoy les expiden a los jugadores, se parecen a las marcas que quemaban sobre las espaldas de los esclavos.

Si estos escapaban eran perseguidos porque hacían parte de los bienes materiales de los colonizadores. Pero sigamos con el golazo en el estadio de Villavicencio. Se enfrentaron veintidós muchachos con sus sueños futboleros profesionales. Sólo hubo dos autores intelectuales, que, si negociaron algo ilegal, para su ejecución se necesitó de sus órdenes, sea como directivos o como entrenadores. Por experiencia los muchachos conocían la suerte de James Rodríguez cuando fue desobediente con su técnico. Dejo en claro que también rechazo lo ocurrido en Villavicencio, sin dejar de repudiar el negocio de jugadores que venden los dueños de los equipos profesionales de futbol, al precio que quieran y cuando quieran, derecho que se otorgan por ser “dueños de sus pases”. Pero vuelvo al inicio de mi columna.

Hoy la titulé “Esperemos más golazos”. Obvio, en marzo nos harán a los colombianos más golazos, pero golazos políticos, negociados más censurablemente que los de un partido de fútbol. Habrá candidatos aliados hasta con sus contrarios, amangualados para atajar a que otro gane. Desde luego que esos tejemanejes de inscripción de las listas y apoyos a precandidaturas no son gratuitos.

¿Qué habrá en el fondo de las coaliciones entre personajes de distintos matices, antes irreconciliables? Aquí no existe la ética de la “manzana podrida”, porque caben todas juntas: las derechas, las zurdas, las azules, las verdes, las rojas, las viches, las maduras. Me acuerdo de una canción de Valen: “¿Qué haces pequeña al pie del manzano/ con gesto risueño y el fruto en la mano? / Estoy tomando esta manzana azul, puedes probarla si gustas tú/ No es posible no, que tu veas azul, lo que verde veo yo”. Sucede como otrora cuando leíamos antes de la proyección de las películas: “Cualquier parecido con la realidad, es apenas coincidencia”. Esperemos más golazos.

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