Decimos que se “lavan las manos” las personas evasivas que no toman posición frente a una injusticia. Que no les avergüenza su silencio, ni su fidelidad ante el poder de los corruptos.
En cambio, la connotación del acto simbólico de Pilatos, al iniciarse el juicio contra Jesús, fue diferente de maneras tácita y expresa. Pilatos se lavó las manos como un acto simbólico que indicaba se cometería una injusticia al condenarlo a muerte. También le expresó al sanedrín que él lo hallaba inocente y sin culpa para merecerse la pena. Pilatos, en razón a su cargo, desde la primera audiencia bien había podido imputar a Jesús y se habría evitado que los judíos lo chantajearan con la advertencia-amenaza de traicionar al Cesar en caso de él llegar a liberarlo. El funcionario romano en vez de arriesgarse lavándose las manos, podía haber guardado silencio o amangualarse con los judíos desde que le entregaron a Jesús y así había “quedado bien”, con ellos y el imperio romano.
Qué bueno sería que emularan a Pilatos, es decir que en público se lavaran las manos, nuestros políticos antes de acolitar la corrupción. Que frente a las cámaras se lavaran las manos los legisladores, antes de aprobar los proyectos de leyes inicuas.
No es exacto decir que “se lavó las manos” el amangualado que guarda silencio y ni siquiera sale con agua en una jarra y un platón advirtiendo las injusticias. Nos lavamos las manos para desechar al letal Covid-19, mientras la corrupción mata al Estado.
El tapabocas no es para callar: ¡Corruptos: lávense las manos!
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