El Testigo

Rosa María Agudelo Ayerbe

La exposición de fotografías de Jesús Abad Colorado en La Tertulia debería ser de asistencia obligatoria. Cada pieza cuenta una historia desgarradora que ejemplifica lo vivido por casi 300.000 víctimas del conflicto armado. Sus expresiones nos hablan de la ignominia de la violencia. Sin importar si los agresores fueron guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes o miembros de las fuerzas del Estado, el dolor es el mismo.

En tres horas de recorrido, es posible traer al presente treinta años de guerra y sentir su esencia. Ante cada rostro, cada nombre, cada relato resulta difícil contener las lágrimas. Si todos los colombianos nos pusiéramos en los zapatos de las víctimas venceríamos la indiferencia y la indolencia que nos impide avanzar en la construcción de un país en paz. Analizar la guerra, ideologizarla desde el confort de nuestras vidas, la ha banalizado, invisibilizado a las víctimas, empoderado a los violentos y adormecido al Estado.

Colombia sigue en guerra. Desde que se firmó el proceso de paz más de setecientos líderes sociales han sido asesinados por razones políticas. Ellos eran personas que defendían los derechos humanos, que trabajaban en procesos de restitución de tierras, en sustitución de cultivos, que defendían el medio ambiente o eran reinsertados. Asesinatos que evidencian la vigencia del conflicto y que no conmueven a nadie.

Hechos que el gobierno prefiere minimizar por la llamada “no sistematicidad”, hechos que nos dicen a gritos que la historia de la violencia no ha acabado, pero que preferimos desconocer a actuar. Las tragedias de nuestro país han sido crónicas anunciadas. Sí, perpetradas por grupos ilegales ante un Estado que no actúa a tiempo a pesar de las alertas y sobre minimizadas por una sociedad que sigue viéndolas como un problema de otros…

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