Diario Occidente

¿El potencial perdido?

Víctor Manuel García

Siempre hemos escuchado hablar y desde nuestra época escolar hemos tenido la enseñanza casi religiosa sobre las bondades y riquezas del territorio de nuestro país.

Riquezas y privilegios naturales e inclusos de posicionamiento geoestratégico, que en condiciones óptimas darían a esta nación un papel preponderante en el desarrollo económico de la región y una inserción real y efectiva en el mercado internacional. Sin embargo hoy, estamos lejos de esa realidad.

Desde la década de 1920, cuando nuestro país recibió la compensación por parte de Estados Unidos por la separación de Panamá, y la cual fue acompañada por la llamada “bonanza cafetera”, Colombia ha apostado, casi de manera automática, por un sistema de desarrollo basado en la extracción y la explotación de materias primas y sin mucho valor agregado.

En las últimas décadas, hemos presenciado como algunos sectores dedicados a la agricultura han evolucionado a agroindustrias de relativo desarrollo en su renglón económico (como es el caso del sector azucarero). Dicha evolución se ha derivado principalmente de la iniciativa privada con una incipiente participación gubernamental, que en general, no van más allá de acciones de decisión económica.

Sin embargo, vale la pena decir que a pesar de estas iniciativas, este no es un esfuerzo suficiente para que el país se pueda considerar como un actor relevante en el concierto internacional, e incluso actualmente, Colombia se puede considerar en materia de comercio exterior, como un jugador de segundo renglón de importancia en Latinoamérica.
Es importante que como colombianos hagamos una introspección y un análisis a conciencia para que nosotros como ciudadanos nos hagamos responsables de esta situación.

Somos responsables porque al momento de elegir no revisamos críticamente los programas de gobierno y simplemente elegimos programas cortoplacistas que tratan de intervenir la urgencia, pero que dejan de lado lo importante y estratégico.

Incluso se eligen programas que en muchas ocasiones con base en falsas verdades y con sofismas de distracción, cautivan la opinión de los votantes, perpetuando políticas que no tienen nada de estructurales y que a su vez tienen mucho nombre personal, empresarial e incluso internacional, nombres que surgen a partir de financiaciones y compromisos de campaña.

Hasta este momento muchos colombianos nos hemos sentido orgullosos que el café de nuestro país sea reconocido mundialmente por su calidad; nos sentimos orgullosos de nuestros deportistas que ponen en alto el nombre de nuestra nación; nos sentimos orgullosos de nuestras esmeraldas que invaden cerca del 85% del mercado mundial (a pesar de los múltiples problemas sociales que se han derivado históricamente en sus procesos de extracción); nos sentimos orgullosos que nuestro país tenga el potencial de convertirse en el mayor exportador de aguacate hass del mundo.

El aguacate hass, el llamado “oro verde” es la nueva esperanza para el campo colombiano. Sin embargo, este sigue siendo parte del sector primario, y en gran medida no sufrirá una mayor transformación que le genere la responsabilidad al país de apropiación o desarrollo de tecnología a partir de la investigación metódica y científica derivada de esfuerzos sostenidos de la triada gobierno, academia y empresa privada.

Espero que no se malinterpreten estas líneas, es completamente provechoso y tiene un gran beneficio para nuestro país esta oportunidad de desarrollo de un producto agrícola en el cual tenemos el chance de insertarnos efectivamente en el mercado internacional. Es más, debemos considerar que esta también es una “oportunidad de oro” para apostar por un desarrollo más profundo y menos extractivo de la ruralidad.

Sin embargo y preocupantemente, podemos ver como seguimos dependiendo en gran medida de la economía extractiva y vemos impávidos cómo, a empresas mineras, se le otorgan licencias que pueden traer consigo riesgos incalculables para la sostenibilidad ambiental de regiones enteras en el país.

Debemos ser conscientes que el verdadero desarrollo se logra a partir de la investigación, la ciencia y la diversificación económica, con la atracción de inversión extranjera de calidad que deje capacidades y conocimientos en la sociedad civil y académica del país. Es momento de comenzar a apostar por procesos integrales de alto valor, que pueden incluso desprenderse del desarrollo agrícola del territorio, pero que tengan un modelo sistémico y participativo entre la sociedad, las universidades, los gremios empresariales y el gobierno nacional.

En el mundo, hay múltiples ejemplos de decisiones para el desarrollo nacional que partieron de acciones sociales y empresariales enmarcados en pactos colectivos que han marcado la hoja de ruta, y nosotros en Colombia, debemos dejar de hablar de potencial para comenzar a vivir la realidad.

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