La COVID-19 ha transformado muchas de las actividades que diaria y normalmente los seres humanos hemos hecho durante décadas. Ha traído consigo múltiples desafíos inéditos, razón por la cual nos ha generado incertidumbre y zozobra como sociedad y como individuos.
Algunos de estos desafíos claramente tienen que ver con la exigencia que genera la pandemia a los diferentes sistemas de salud a nivel mundial, provocando un estrés estructural a las capacidades de cada uno de ellos en materia de infraestructura, equipos, tecnología y por supuesto recursos humanos.
Otro reto importante ha sido y seguirá siendo el económico, pues es evidente que la mayoría de los países no estaban preparados para afrontar una situación de la magnitud y velocidad de ocurrencia como la actual, trayendo consigo múltiples dificultades que amenazan incluso la supervivencia de millones de personas a nivel mundial.
En tercer lugar y no menos importante, son los desafíos individuales que están a la orden del día, porque no sólo son afectados directamente por las dos situaciones anteriores, sino que también se encuentran realidades que son derivadas del entorno micro, muchas de las cuales se desprenden de las medidas de aislamiento preventivo que han tenido que tomar los diferentes gobiernos.
Este aislamiento preventivo ha traído consigo el cierre de diversos sectores y empresas, debido al posible riesgo que pueden representar para la propagación del contagio. Allí podemos encontrar a los restaurantes, discotecas, hoteles, aerolíneas, transporte público intermunicipal, cinemas, gimnasios, entre otros.
Muchas de estas actividades económicas se refieren al entretenimiento y al esparcimiento de la población, y al encontrase “fuera de servicio, se generan otros desafíos para las familias.
Es allí donde ha comenzado el momento “dorado” para la bicicleta, qué si bien ha venido ganando terreno en los últimos años, en parte gracias a la “fiebre” derivada de una gran época para el ciclismo colombiano, por la coyuntura, la “bici” se está convirtiendo en una gran alternativa para el desarrollo de actividades físicas y de esparcimiento tan necesarias para el ser humano.
Es por este “boom” inesperado, que vemos como en las tiendas de varias de las marcas más representativas de este deporte, ya no se encuentra inventario y se están presentando largos tiempos de espera para la importación de este elemento deportivo.
En este sentido, la pandemia ha logrado algo que durante mucho tiempo nuestros gobiernos locales y en menor medida el nacional han tratado de alcanzar: incentivar el uso de la bicicleta.
Ahora está el objetivo que estos compradores circunstanciales dejen de verla como una alternativa para realizar actividad física y comiencen a percibirla también como una alternativa de transporte urbano.
Es decir, estamos ante una oportunidad de oro para que la bicicleta se convierta en Colombia en un medio de transporte alternativo principal, con todos los beneficios que ello trae consigo en materia ambiental, de movilidad y de salud pública, disminuyendo en algún porcentaje los contagios por aglomeración en el transporte público.
Sin embargo, es necesario que los gobiernos locales sean conscientes de esta oportunidad y comiencen a trabajar en brindar las facilidades para que esta situación no sea “flor de un día”.
Es imprescindible que se generen acciones en razón de mejorar la infraestructura de la ciudad con ciclovías adecuadas y no improvisadas en mitad del carril vehicular, exponiendo a los ciclistas a accidentes, así como en materia de seguridad policial para disuadir los hurtos a ciudadanos que opten por esta alternativa.
Lo importante es que por lo menos en las ciudades principales del país no iniciamos de cero. Existe una infraestructura inicial que tiene el potencial de ampliarse y mejorarse, sin embargo, aún estamos lejos de referentes en la materia como los Países Bajos, donde existe desde hace décadas una cultura del uso de la bicicleta de manera generalizada.
La cultura es un punto fundamental y que no se puede dejar de lado, porque además de la infraestructura y la seguridad, los gobiernos deben invertir en procesos de fortalecimiento de la cultura ciudadana, no solo para este caso en particular, sino en diversos temas que lleven a nuestro país por la senda de construcción de una mejor sociedad que vaya de la mano con el “pedaleo” generado por el “boom de la bicicleta”.
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