La guerra en sí es un “arte”, debe contener movimientos sincronizados y altamente precisos por parte de los ejércitos en contienda.
Los generales y comandantes de los mismos deben contar con una alta capacidad para esgrimir estrategias que se puedan traducir en acciones y operaciones efectivas y posibles en el campo de batalla, que a su vez, sean acordes con los recursos disponibles.
La guerra ha sido históricamente estudiada desde hace miles de años, surgiendo hombres a través de las diferentes épocas a quienes se les referencia como “genios de la estrategia militar”, debido a sus grandes hazañas en el campo de batalla y a sus rimbombantes logros y victorias en sus respectivas campañas.
Allí surgen nombres como Alejandro Magno en los macedonios, Darío en la antigua Persia, Saladino, Julio César en Roma, Genghis Khan en oriente y más cercanos en el tiempo, Napoleón en Francia, Giusseppe Garibaldi de la reunificación italiana, Bolívar en Latinoamérica, Patton quien jugó un papel decisivo en la lucha terrestre durante la segunda guerra mundial y Ho Chi Minh en Vietnam.
La guerra viéndola en retrospectiva, suele verse e intuirse como algo poético, romántico y heroico, de la cual se cuentan historias de valentía, arrojo, inteligencia y de trascendencia del ser humano que lo “inmortalizan” a través de la historia.
La confrontación bélica en sí misma se ve como algo necesario en el desarrollo de la historia de la humanidad, llegándose a entender incluso como “la continuación de la política por otros medios”.
Sin embargo, todas estas atribuciones dadas a la confrontación armada, parece que dejaran a un lado todo el proceso de dolor y sufrimiento que trae consigo la violencia no solo para los directamente implicados, sino para la población civil que generalmente es quien sufre los daños colaterales de la misma.
Violaciones, mutilaciones, desplazamientos, orfandad y cicatrices sicológicas absolutamente imborrables, son solo algunas de esas terribles consecuencias que sufre la población a raíz de la confrontación.
Siempre en un conflicto existirán vejaciones y excesos por parte de los “bandos” enfrentados, no hay en ningún caso conocido algún actor que haya respetado fidedignamente “las reglas de la guerra”, las cuales en tiempos modernos han sido “formalizadas” por la Cruz Roja y consignadas a través de parámetros del Derecho Internacional Humanitario – DIH.
La guerra en sí misma trae muchos réditos políticos, no hay nada más fácil de manejar en política que un discurso que apele al pensamiento binario amigo/enemigo; no hay nada más rentable que mantener a la población distraída de los problemas estructurales que a través de la conformación de un enemigo común; no hay momento más propicio para la corrupción y el mantenimiento de una estructura socio-económica que profundiza desigualdades sociales que durante una confrontación armada.
No es “gratis” que durante tres años en Colombia, después de la efímera “desaparición” del enemigo común de las FARC, se comenzaran a hacer visibles aquellas situaciones que en otros momentos siempre estuvieron en segundo plano gracias al ruido de los fusiles, las explosiones de las pipetas de gas y los bombardeos de los aviones “Super Tucano”.
Tuvimos un par de años para comenzar a “destapar” esas terribles situaciones que en si mismas han traído tanta pobreza, miseria y muerte como la guerra misma.
Sin embargo, parece que nuestra sociedad no estuvo preparada para pasar la página, no soportó comenzar a ver la triste realidad de la desigualdad en la cual vive el país y gran parte de la dirigencia política tampoco está interesada en cambiar esta situación.
Parece que de a poco, en gran medida por falta de voluntad política, volvemos a lo que tristemente los colombianos parecen estar “acostumbrados”, la violencia con todas sus consecuencias y vejámenes.
Tengo fe que en algún momento de nuestra historia, en Colombia, entendamos que podemos vivir sin violencia, que hagamos un alto en el camino para humanizar al compatriota, que dejemos la barbarie incluso de clasificar a niños vulnerables víctimas de reclutamiento forzado, como “maquinas de guerra”, tengo la esperanza que en nuestro país dejemos de ver la guerra como un “arte” y la veamos como lo que es realmente: una tragedia.
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