Educación para la vida

Rodrigo F. Chois

¡Quién lo creyera! Cuando salí de la universidad –maestría incluida- no tenía idea de todos los vericuetos y calvarios que hay que sufrir para crear empresa en nuestro país.

A pesar de que contaba en mi haber con un arsenal de enseñanzas que me permitiría participar honrosamente en “¿Quién quiere ser Millonario?”, al enfrentarme a la vida, mucho del inventario de conocimientos creado desde el colegio no era muy eficaz que digamos.

En el cole recuerdo que el único chancuco que hice -chancuco es trampa en caleño- fue haber escrito en la silla de mi pupitre la fórmula para resolver las ecuaciones cuadráticas.

Sí, esa que reza que “Equis es igual a menos B más o menos raíz cuadrada de…”, etc. y etc. Y me la terminé aprendiendo, lo cual me llena aún de satisfacción.

Pero confieso que en toda mi vida de ejercicio profesional jamás he podido usarla. Por esto, y con férrea obstinación de que tan formidable conocimiento no quedara en vano en mi cerebro, intenté aplicar la fórmula en mi vida amorosa, seguro de que matemáticamente era viable que en una ecuación pasional pudiese haber dos soluciones.

Mi conclusión es que no funciona de manera impecable y que no es muy sensato emplearla.

Sea esta perorata infecunda para llegar finalmente al punto que deseo presentar: la ineficacia del conocimiento que nos brinda el sistema educativo para enfrentar de verdad la vida.

Menos poesías y fórmulas aprendidas y un poco más de instrucción en inteligencia emocional, educación sexual, nutrición, autocuidado y manejo de las finanzas personales puede hacer que construyamos una sociedad mucho más competente y sobretodo feliz.

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