Luis Ángel Muñoz Zúñiga

Día de Juan Albañil

Luis Ángel Muñoz Zúñiga

En Colombia, con el día del albañil, sucede algo parecido a lo que pasa con el dedicado al periodista, aparecen dos fechas: una celebración corresponde a la costumbre popular y obedece a algo que lo amerita. Pero fijan otra fecha que obedece más a disposiciones institucionales.

La tradición popular escogió el 3 de mayo como el Día del Albañil. Acorde con la Constitución de 1886, vigente por más de un siglo (1886-1991), Colombia era un país católico y confesional. Por eso se fusionó el homenaje a los albañiles con el día de la cruz, el 3 de mayo, para darle su connotación religiosa.

Confieso, me sigue gustando ese fundamento, que no es óbice con el sentido social de la celebración. La tradición cristiana de casi todos los países hispanoamericanos celebra el Día de la Santa Cruz para conmemorar el hallazgo de esta reliquia en Jerusalén, en el siglo IV en tiempos del emperador Constantito.

Dice la leyenda que, para proteger la cruz, unos hombres le construyeron un lugar seguro, es decir unos primeros albañiles. El 3 de mayo los creyentes, en sus hogares hacen un altar y con fe le encienden velas a la cruz y le presentan peticiones. México fue el país pionero de esa tradición que muy pronto se expandió por el continente.

Pero el Consejo Colombiano de Seguridad Social cambió la fecha para el14 de marzo, “reconociendo la ardua labor del trabajador de la construcción de todos los rincones del país y le destaca que, sin tener capa, día tras día se encargan de construir y reparar sueños y esperanzas de cada hogar y lugar de trabajo colombiano”.

Quienes, hace más de seis décadas buscamos refugio en esta ciudad y observamos el fenómeno de transformación urbanística de la “Sucursal del cielo”, nos dimos cuenta que más que la lenta acción por parte del Estado, Santiago de Cali se convirtió en una metrópoli cuando se conjugaron los sueños de los caleños y el trabajo de los albañiles. Los primeros asentamientos humanos que improvisaron ranchos contaron con los trabajadores de la construcción para poder habitar viviendas dignas.

Pero, paradójicamente, desconocemos ese duro trabajo de la “arte rusa”, que poco a poco consume la vida de los albañiles. Tal vez, ni siquiera recordemos los nombres del maestro de construcción con su cuadrilla de ayudantes, que en pocas semanas fueron los artífices para que pudiéramos vivir como personas.

Qué inhumanidad la nuestra, que mientras disfrutamos sus obras maestras, ellos siguen laborando al destajo, en jornadas extenuantes. Parecen ser los únicos trabajadores anónimos y efímeros, que laboran sin salubridad, ni seguridad, carentes de todos los beneficios legales derivadas de las prestaciones sociales.

“En las noches más frías y en los días más ardientes –dijo Carlos Castro Saavedra- es cuando más se ama la albañilería, y es cuando más se siente sobre el cuerpo y aún sobre el alma, la sombra de las casas, el amor de los muros, la caricia de las piedras labradas. Los edificios se agrandan con la música de los albañiles, que esa dura, orquestal y dramática”.

Cheo Feliciano, cantante puertorriqueño que falleció el mismo día de Gabriel García Márquez, 17 de abril de 2014, compuso la mejor narración musical sobre los albañiles: ”Juan Albañil, el edificio que levantaste/ Con lo mucho que trabajaste/ Está cerrado, está sellado/ Es prohibido para ti, juan Albañil/ (…) Como es domingo, juan Albañil va por la avenida/ Va de paseo mirando cuánto construyó/ hoteles, condominios, cuánto lujo/ Y ahora como no es socio, no puede entrar/ Juan Albañil no puede entrar/”

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