Un afligido amigo me anunció que propondría la celebración del Día del Desamor y el Odio. Me pidió que le ayudara a publicitar esa osadía. Traté de consolarlo y disuadirlo, argumentándole que el Día del Amor y La Amistad, es una fecha que animan los optimistas.
Están en paz con sus amores y sus lealtades y, lo más importante, son recíprocamente correspondidos. Pero, comprendo a mi amigo, en la vida no todo es color de rosa, tiene su otro lado. Si hiciéramos una encuesta sobre los dos sentimientos humanos, seguramente desamor y odio se impondrían como indicadores.
Entonces ¿por qué el Día del Amor y La Amistad, aunque aplican el IVA, las ventas siempre se disparan y los establecimientos de comercio se llenan? En asuntos de desamor y odio sucede algo parecido a los plebiscitos sobre el Sí o el No que refrendan acuerdos de paz o que aprueban nueva Constitución.
En Chile votaron No a la continuidad de Augusto Pinochet en el poder, pero pasadas dos décadas, votan No a una constituyente para borrar su Carta Magna.
En Colombia se impuso el No contra el acuerdo de paz firmado en La Habana.
Unos años después los colombianos entendimos que la paz estaba por encima de los odios políticos. Pero, para no perdernos de los asuntos del corazón, volvamos a la contrapropuesta al Día del Amor y la Amistad.
Miren nomás como alcanzan altos rating aquellos programas radiales donde los oyentes y las oyentes a través de llamadas al aire reportan infidelidades y abusos por parte de sus parejas.
Sucede igual en programas de televisión donde frente a las cámaras se someten a la decisión de una presentadora que posa de juez y cierra el caso con un martillazo grotesco.
Para la cura del desamor y del odio siempre hemos buscado la intervención de un profesional de la psicología, un terapista de parejas, u otras veces, se recurre a una publicitada “especialista en asuntos del amor”, sin importar el escarnio público.
Quién no recuerda el programa radial de la “Doctora Corazón”, que en los años setenta leía las suplicantes cartas de ayuda de hombres y mujeres, dudosas, engañadas o desesperadas. Entre las clases de enemistades, la más difícil de resolver es aquella que estuvo antecedida por una larga y leal amistad.
Manuelita Sáenz, por ejemplo, le escribió una valerosa carta a su primer marido, donde claramente percibimos los dos lados de su corazón: odio al marido, amor al amante. Bien hubiera podido hacerla rotar entre los dos: “Mi querido inglés James Thorne: … mi amigo, no es grano de anís que te haya dejado por el general Bolívar; dejar a un marido sin tus méritos no sería nada. ¿Crees por un momento que, después de ser amada por este general durante años, de tener la seguridad de que poseo su corazón, voy a preferir ser la esposa del Padre, del Hijo o del Espíritu Santo o de los tres juntos?”.
¡Tan escueta la Manuelita! En cambio, los odios de la política y de la guerra pueden deponerse en una mesa de diálogo, entonces los otrora adversarios pasan a profesarse beneméritas amistades, por ejemplo, la que sostiene Hébert Bustamante con Álvaro Uribe.
Distintos fueron los sentimientos de odio, materializados con un puñetazo, irreconciliables hasta la muerte después de haberse querido más que dos hermanos, ambos genios y Premio Nobel, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez.
POSDATA: Desanimé a mi amigo explicándole que no tendría eco, porque si aprobaran el Día del Desamor y el Odio, esa fecha quebraría el comercio.
Comments
Fin de los artículos
No hay más artículos para cargar





