Colombia corre el riesgo de acostumbrarse a la violencia. Durante décadas hemos convivido con noticias de muerte, miedo y enfrentamientos hasta el punto de que muchas veces dejamos de asombrarnos.
Lo preocupante no es solo la violencia en sí misma, sino la facilidad con la que terminamos aceptándola como parte inevitable de la vida.
Nuestros abuelos crecieron en medio de la violencia partidista y las generaciones posteriores han visto surgir nuevos actores armados, nuevas formas de conflicto y nuevas excusas para justificar el odio.
Hoy la polarización vuelve a ocupar espacios importantes de la vida pública.
Con demasiada frecuencia reducimos a quienes piensan diferente a etiquetas que los deshumanizan y los convierten en enemigos.
Mientras discutimos, hay realidades que pasan desapercibidas. En nuestras ciudades siguen existiendo niños que trabajan en las calles, ancianos abandonados y familias atrapadas en la pobreza.
Están frente a nosotros, pero la costumbre nos ha vuelto indiferentes.
La violencia no solo se expresa en las armas; también aparece cuando dejamos de ver el sufrimiento ajeno.
Las redes sociales tampoco ayudan. Allí la agresividad parece premiarse y cada publicación se convierte en una oportunidad para atacar al otro.
Poco a poco aprendemos a reaccionar con rabia antes que con comprensión.
Como cristiano debo reconocer que nadie está completamente libre de esta realidad. Todos hemos pronunciado palabras desafortunadas o hemos permanecido en silencio cuando debíamos actuar.
Sin embargo, el error no tiene que convertirse en destino.
Los profetas bíblicos denunciaron una religiosidad vacía, abundante en discursos pero escasa en misericordia.
Ese desafío sigue vigente. No basta con llenar templos o memorizar versículos si somos incapaces de reconocer el dolor del prójimo.
La transformación comienza en el corazón. La fe auténtica nos invita a descubrir al niño olvidado, al enfermo, al anciano y al que ha perdido la esperanza.
Ninguna sociedad puede sobrevivir cuando sus ciudadanos aprenden a odiarse más de lo que aprenden a amarse. Todavía estamos a tiempo de elegir otro camino.
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