Jugar futbol profesional es uno de los ejercicios con más miedos: aceptación ante la hinchada, sometimiento a las críticas de la prensa, vivir lejos de la familia, dificultades de hablar un nuevo idioma, disputar la alineación en cada partido, riesgos de sufrir alguna lesión en la cancha y ganar la simpatía de los directivos de los clubes, entre otras angustias. En Colombia volverán a la cancha con el nuevo miedo de tener que jugar los partidos con el covid-19 husmeando los botines.
Eso sin desestimar que el primer impacto psicológico negativo será al empezar a puerta cerrada, donde ya no serán animados por los aplausos y los hurras de sus barras. No habrá aquel jolgorio que servía de equilibrio mental al jugar sometidos a la lectura lacerante de su director técnico y la mirada inquisidora del árbitro. Algo que no asimilo es que las ligas europeas reiniciaron con la única medida preventiva de unas tribunas vacías, pero sin observar la mínima medida de bioseguridad como es el uso del tapaboca.
Veintidós hombres jugando sin el distanciamiento reglamentado por la autoridad mundial de la salud pública, agitados, respirando fuerte, sudando, vociferando de frente, esputando y colisionando durante noventa minutos. Algunos equipos colombianos prendieron alarmas reportando a varios de sus jugadores como positivos. De qué vale que un jugador con la mano tape su boca para acercarse a su técnico.
Dios ilumina a la Dimayor para que no caiga en escepticismo o inhumanidad. Los dueños del balón deben ofrecer garantías y bioseguridad a los jugadores.
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